15-M: El punto de inflexión

El 15-M se ha ido consolidando como un nuevo y dinámico espacio de debate y, sobre todo, de acción, desde el que organizar la resistencia ante cada nuevo ataque del sistema. Ana Vilaverde analiza este movimiento.

A estas alturas, nadie puede cuestionar que el movimiento 15-M ha supuesto un punto de inflexión. Desde la manifestación que le dio nombre el 15 de mayo hasta hoy, a pesar de sus dificultades y contradicciones, el movimiento ha sido capaz de mantener el pulso de la lucha en las calles ante cada nuevo acontecimiento.

¿Por qué ahora?

Debido a su carácter masivo y a su composición, en la que predomina fundamentalmente la gente joven, para buena parte de los integrantes del movimiento 15-M éste ha constituido su primera experiencia de participación política directa y movilización. Las experiencias vividas en las acampadas, que además eran totalmente inesperadas, parecían alumbrar que estábamos ante el nacimiento de algo nuevo y radicalmente distinto a todo lo anterior. En este contexto, era relativamente fácil caer en la ilusión de que lo que estábamos haciendo era algo que había surgido de repente, como de la nada. Sin embargo, para lograr que el movimiento avance, es fundamental analizar cuáles son las condiciones específicas que han posibilitado el surgimiento del mismo y que lo han configurado, así como su evolución.

En primer lugar, es importante entender el surgimiento del movimiento 15-M en su contexto internacional: marcado por una profunda crisis económica acompañada de una crisis del sistema político, en la que el proyecto neoliberal ha ido perdiendo la legitimidad ante las masas descontentas, las cuales han desarrollado múltiples formas de resistencia a lo largo y ancho del mundo. Como señala el blogero Tad Tietze1, desde las primeras revueltas en Túnez, estamos asistiendo a la ola más grande de resistencia subalterna desde finales de los 60 y mediados de los 70. Las revoluciones árabes, especialmente en Túnez y Egipto donde participaron las masas obreras organizadas, han sido capaces de derrocar a dictaduras que llevaban décadas oprimiendo a sus poblaciones, devolvieron al mundo la idea de que era posible hacer una revolución. Al mismo tiempo, en países como Grecia o Islandia, se han desarrollado movimientos populares que han plantado cara a los recortes. Más recientemente en Inglaterra, los barrios obreros de varias ciudades se convertían en escenarios de fuertes disturbios como resultado de las expresiones de rabia de la población por años de racismo, maltrato policial y precariedad. Es evidente que entre los países del norte de África y la Eurozona, la situación política presenta diferencias de fondo muy significativas, pero como defiende el mismo bloguero, en este mundo interconectado, las formas de organización, el lenguaje y los métodos de activismo sirven de inspiración entre las luchas, adaptándose en cada caso a las circunstancias locales. Así, no es casual que el movimiento 15-M, inspirándose en el ejemplo de la Tahrir, adoptase el modelo de “toma de la plaza” mediante las acampadas.

En segundo lugar, en el Estado español ambas caras de la crisis, la económica y la política, han tenido un efecto particularmente severo. Por un lado, la crisis ha incidido en la economía española de forma sangrante y sus efectos han sido desastrosos. El desempleo y la temporalidad están alcanzando los niveles más altos de la UE. Actualmente, hay aproximadamente cinco millones de personas en el paro, lo que supone un 21% de la población activa, alcanzando este dato el 44% entre la población menor de 25 años. Este paro escandaloso se combina con unos salarios cada vez más bajos y la implementación de recortes que han llevado a una drástica reducción del gasto social. Todo ello acompañado además de precios de la vivienda desorbitados fruto de la especulación inmobiliaria. Esta situación deja a muchas familias sin la posibilidad de afrontar el pago de las hipotecas, con el resultado de que tienen que enfrentarse a desahucios forzados y por otro lado, impide a la mayoría de los jóvenes iniciar una vida independiente.

En este contexto, no es extraño que exista un escepticismo cada vez más extendido respecto al sistema político y sus representantes. Como indica Carlos Taibo2, existía antes del 15-M un descontento general debido a varios motivos. Por un lado, la deriva neoliberal del Gobierno del PSOE y su acercamiento a posturas cada vez más a la derecha ha hecho que mucha gente perciba que, en lo que a medidas estructurales se refiere, no existen diferencias significativas entre las propuestas de los dos grandes partidos. Éstos han establecido un acuerdo con las elites empresariales y financieras a espaldas de la ciudadanía en medidas tan impopulares y de resultados tan desastrosos como el trasvase de dinero público para salvar a los bancos y cajas, la reforma laboral y de las pensiones o los recortes en gasto social y en servicios públicos como sanidad o educación. Acuerdo que sólo se ha tambaleado en algunos casos por las exigencias de todavía más dureza desde las filas del PP. A todo esto, hay que sumar la aparición de sucesivos casos de corrupción.

Por último, tampoco se puede explicar el surgimiento y éxito del 15-M sin entenderlo en un proceso acumulativo de años de lucha y movilizaciones puntuales por parte de los movimientos sociales críticos. El movimiento masivo contra la guerra de Irak durante los años de gobierno del PP supuso que mucha gente joven tomase conciencia política y por primera vez aprendiese a organizarse colectivamente, reuniéndose en asambleas en las universidades y organizando campañas de movilización. Mención especial merecen los hechos ocurridos del 13M, cuando por medio de la red que se había creado gracias al movimiento anti-guerra, cientos de miles tomaron las calles en protesta por el engaño masivo que supuso la falsa atribución a ETA de los atentados de Atocha. Como argumenta Toni Negri3, se trata de un suceso que guarda ciertas similitudes con lo que ha sucedido con el 15-M, pero la diferencia fundamental es que en aquel entonces Zapatero se ponía detrás de las pancartas. Al posicionarse del lado de las movilizaciones contra el PP, gran parte de la izquierda social volvió a confiar en el PSOE como su representante político, algo reforzado por su decisión posterior en el gobierno de retirar las tropas de Iraq. En cambio, la traición posterior y el desencanto resultante, hacen que hoy en día ya no exista ninguna fuerza política con capacidad para gobernar que pueda plantear reformas que consigan representar las aspiraciones de la población. Aunque en un principio pueda parecer que este hecho resta capacidad de movilización, también ha sido un elemento determinante que ha facilitado que el movimiento parta de posturas más radicales y que vaya más allá de la crítica a las actuaciones del Gobierno, llegando a cuestionar la globalidad del sistema político y económico como tal.

Más recientemente, el movimiento V de Vivienda o el movimiento contra Bolonia constituyen buenos ejemplos de movimientos sociales que se han organizado desde abajo y sin el apoyo de los partidos políticos institucionales. Todas estas experiencias de lucha previas han dado como resultado una generación de activistas con experiencia que ha nutrido las filas del 15-M, contribuyendo de forma decisiva a su evolución y consolidación4.

Una victoria tras otra

El contexto de crisis y el hecho de que se fuesen a celebrar las elecciones municipales y autonómicas en dos semanas, sumado al éxito de la convocatoria de Jóvenes sin Futuro poco antes, propició al ambiente adecuado para que la manifestación convocada a iniciativa de Democracia Real Ya del 15 de mayo fuese masiva. Ese primer reconocimiento mutuo en las calles entre decenas de miles de personas que compartían la indignación con lo que estaba sucediendo y un deseo manifiesto por cambiar las cosas, hizo que mucha gente madura recuperase la ilusión perdida y que mucha gente joven la experimentase por primera vez a ese nivel. Una ilusión que permitió que lo que empezó siendo una acampada de 40 personas en Sol se multiplicase hasta convertirse en un movimiento de cientos de miles que tomaron las plazas de más de cien ciudades y pueblos por todo el Estado. Las acampadas se convirtieron en ejemplos de democracia directa en la práctica. Desde las cuestiones más técnicas como la organización de la comida, la limpieza o las infraestructuras, hasta las cuestiones relativas a la estrategia del movimiento, eran debatidas en asambleas multitudinarias, en las que las moderaciones iban rotando y todas las y los participantes tenían la posibilidad de intervenir.

En sus cuatro meses de existencia, la trayectoria del movimiento se ha traducido en sucesivas victorias que le han permitido consolidarse y avanzar. Por primera vez en mucho tiempo, la gente tomó el espacio público, haciéndolo suyo. Gracias a la cooperación entre los propios acampados, a las extraordinarias muestras de solidaridad de quienes los apoyaban desde fuera y a su enorme capacidad de convocatoria, el movimiento ha sido capaz de conquistar la calle en repetidas ocasiones. Así, fue capaz de desobedecer con concentraciones masivas el mandato de la Junta Electoral, que prohibió sin ningún éxito todas las reuniones en las plazas durante la jornada de reflexión previa a las elecciones. También se logró resistir con éxito ante los sucesivos intentos de desalojo. A pesar de la brutalidad policial empleada en los mismos, especialmente durante la jornada del 27 de mayo en Barcelona, las acampadas lograron permanecer hasta que, por una cuestión de operatividad y de evolución lógica del movimiento, se decidió democráticamente lo contrario. Y dando un paso más allá, en Barcelona se llegó incluso a lograr un bloqueo simbólico del Parlament el día que se iba a aprobar drásticos recortes en el gasto público de un 16%. Un mes antes nadie podría haber imaginado que el presidente del Parlament iba a tener que acceder al mismo en helicóptero. Como era de esperar, los intentos de descrédito por parte de la clase política y de los medios de comunicación de todo el movimiento acusándole de violento y antidemocrático no tardaron en llegar. Pero el éxito de la movilización del 19J, con cientos de miles de personas en Barcelona y Madrid, demostró que el movimiento seguía gozando de plena legitimidad y es más, continuaba ganando apoyos.

La desvinculación del movimiento de la política institucional y su autodefinición como “apartidista”, ha propiciado que se extienda la idea de que se trata de un movimiento sin ideología política, cuyos miembros y reivindicaciones responden al sentido común y pueden situarse tanto a la izquierda como a la derecha. Es cierto que en un principio el apoyo con el que contaban las reivindicaciones que estaban más relacionadas con elementos “de forma”, como la corrupción de los políticos o la reforma de la ley electoral, parecía mayor que el que pudiesen tener las reivindicaciones de tipo más estructural, vinculadas al sistema económico. Propuestas como el impago de la deuda, la derogación de la reforma laboral o de las pensiones, la oposición a los recortes sociales o a la privatización de los servicios públicos, tuvieron también su espacio desde el primer día, pero no parecían gozar de la misma popularidad en las asambleas. Sin embargo, conforme se han ido desarrollando los acontecimientos, el movimiento ha ido tomando conciencia de la vinculación del poder político y económico y de que la peor corrupción es la que se hace desde la legalidad.

En este sentido, la paralización de varios desahucios, así como de redadas racistas de la policía, constituyen acciones concretas que reflejan la madurez del movimiento, cuestionando la legitimidad de la legalidad vigente al servicio de los mercados, así como su alineación del lado de los sectores de población más empobrecidos.

Además, la idea de que una democracia real es imposible bajo el capitalismo está cada vez más presente en las movilizaciones. La manifestación del 19J contra el Pacto del euro supuso una reafirmación en el rechazo al modelo económico imperante. Y el lema que se leía en la pancarta que encabezaba la manifestación que se convocó para la recepción de las marchas de indignados que se dieron cita en Sol el 23 de julio: “No es la crisis, es el sistema”, implica un planteamiento que atribuye a los problemas que enfrentamos un carácter sistémico, que va mucho más allá de los problemas coyunturales actuales.

Perspectivas y estrategia

En el futuro, todo parece indicar que las condiciones que han llevado al surgimiento del 15-M (crisis y desempleo, restricción de gasto, recortes en los derechos laborales,…) no van a mejorar, sino todo lo contrario (véase el artículo de Diego Mendoza Irigoyen y Joel Sans Molas en esta revista). Como consecuencia, la crisis política también se agudizará. Mientras las reivindicaciones en la calle canalizadas por el 15-M van en una dirección, las medidas aprobadas por el Gobierno van justamente en la dirección opuesta, aproximándose cada vez más a la derecha y constituyendo toda una ofensiva contra el estado del bienestar. Además, los métodos empleados para su aprobación son cada vez más antidemocráticos. Buena muestra de ello es el reciente acuerdo entre el PSOE y PP para la introducción de una reforma constitucional absolutamente regresiva que establece un tope al gasto público, sin someterlo a ningún tipo de debate público ni referéndum. Este tipo de políticas no van a hacer sino profundizar la evidente crisis del PSOE. El adelanto de las elecciones para noviembre abre un nuevo escenario en el que, dados los resultados de las elecciones de mayo, es muy probable que se produzca un cambio de Gobierno hacia la derecha. Una victoria del PP en las elecciones supondría aún más dureza en los recortes y en los métodos para imponerlos. Esto podría llevar a una radicalización en la estrategia de los grandes sindicatos, que tendrían cada vez menos argumentos para justificar el hecho de no convocar una huelga general.

Por otro lado, el movimiento 15-M está suponiendo cada vez más un desafío a la legitimidad del sistema de partidos y sus representantes, así como una oposición frontal a las políticas de austeridad en el terreno económico. El sistemático intento de descrédito del movimiento por parte de los medios de comunicación, así como el progresivo endurecimiento de la represión hacia el mismo, no son algo casual. Sin ir más lejos, este verano asistimos a una demostración de fuerza sin precedentes en democracia, cuando por orden del Ministerio de Interior, la Puerta del Sol, principal referente simbólico del movimiento, fue sitiada por la policía durante días. Dadas las condiciones, es previsible que en el futuro tengamos que enfrentarnos a nuevos intentos de desarticulación del movimiento.

En este contexto, los debates en torno a cuestiones estratégicas relativas a cómo hacer que el movimiento crezca, se consolide y gane capacidad de influencia, son fundamentales. La descentralización del movimiento por barrios fue un acierto que sin duda permitió que su mensaje llegase a mucha más gente y facilitó la creación de una red de solidaridad entre los vecinos y vecinas que se ha concretado en victorias tan importantes como la paralización de desahucios. Sin embargo, si queremos hacer frente a los recortes, tenemos que plantearnos cómo podemos hacer para lograr mayor capacidad de influencia en la política ‘oficial’ y presionar para que no les quede más remedio que tener en cuenta las reivindicaciones del movimiento.

Para ello, es fundamental que de los barrios se dé el salto a los centros de trabajo. Cómo hacerlo es un tema que ha suscitado intensos debates en el seno del movimiento. La ausencia de una respuesta contundente de los sindicatos mayoritarios ante los recortes ha generado una gran desconfianza hacia ellos, que en el movimiento 15-M se materializa en un rechazo explícito hacia los mismos. Aunque esta actitud es bastante comprensible, en las condiciones actuales una apuesta real por extender la indignación a los centros de trabajo y caminar hacia el objetivo de una huelga general, implica flexibilizar las posturas y apostar por la confluencia con los grandes sindicatos cuando estos se movilizan.

Por un lado, las luchas impulsadas por los sindicatos, aunque sean insuficientes, abonan el terreno para que se desarrollen otro tipo de movilizaciones más combativas. La huelga general del 29 de septiembre constituye un buen ejemplo en este sentido. A pesar de que los sindicatos no aprovechasen el ambiente de lucha generado por la huelga para avanzar en su respuesta a los recortes y de la frustración que ello supuso, ésta generó nuevas expectativas de lucha entre mucha gente y sirvió para que se creasen nuevas redes, como los comités de huelga en barrios de Madrid y Barcelona, que después han ayudado también a extender el movimiento. Asimismo, en Barcelona el apoyo mutuo y los vínculos que se han establecido entre la lucha de los trabajadores y trabajadoras de sanidad contra los recortes en el sector y el movimiento 15-M, han servido para que ambos procesos de lucha se refuercen mutuamente.

En segundo lugar, la confluencia con los sindicatos permitiría al movimiento aproximarse a los sectores de trabajadores y trabajadoras más descontentas y ejercer una influencia real en las bases de los grandes sindicatos hacia posturas más combativas. Un ejemplo muy ilustrativo al respecto es lo que está sucediendo en las asambleas de profesores y profesoras en Madrid contra los recortes en la educación pública. En parte por influencia de las prácticas que muchos de los trabajadores y trabajadoras han experimentado en el 15-M, las asambleas están siendo más participativas e incluso se han adoptado métodos como el hecho de agitar las manos en lugar de aplaudir5. Además, en algunos centros se están planteando la posibilidad de acampar a modo de protesta y, lo más importante, existe un espíritu muy combativo haciendo posible la convocatoria de una huelga indefinida de tres días a la semana (propuesta que va más allá de la propuesta de CCOO y UGT de una huelga general el primer día de curso).

Es innegable que vienen tiempos difíciles, pero también cargados de oportunidades. Las acampadas que dieron inicio a este movimiento hicieron que mucha gente experimentase otra forma de hacer las cosas y comprobase que existen alternativas a este sistema por las que merece la pena luchar. Nos queda mucho por andar, pero este año lo iniciamos con el camino ya empezado y con las ilusiones renovadas. ¡Que se preparen!

Notas

  1. Tietze, Tad, 2011: Beyond the age of austerity, a new pattern of resistance and revolution emergentes. Blog left flank. Disponible en: http://left-flank.blogspot.com/2011/07/beyond-age-of-austerity-new-patte…
  2. Taibo, Carlos, 2011: Nada será como antes. Sobre el movimiento 15-M. Madrid: Catarata.
  3. Negri, Toni, 2011: Reflexiones acerca del 15-M. Reflexiones sobre el 15-M desde la perspectiva de la Autonomía como expresión organizativa y política del poder constituyente. Disponible en:http://www.kaosenlared.net/noticia/reflexiones-acerca-del-15m.
  4. Durgan, Andy y Sans, Joel, 2011: “No one represents us”. “The 15 may movement in the Spanish state”. International Socialism Journal, n. 132, septiembre 2011. Disponible en: http://www.enlucha.org/site/?q=node/16374
  5. Inés Santaeulalia, 2011: ¡Este año no empieza el curso!, El País, 21/07/2011. Disponible en:http://www.elpais.com/articulo/madrid/ano/empieza/curso/elpepiespmad/201…
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