Amaiur y el nuevo escenario vasco

Miguel Sanz analiza el escenario vasco tras las elecciones del 20-N. Con una izquierda abertzale sumida en un intenso proceso de recomposición política, la irrupción de Amaiur en el Congreso y las expectativas generadas en la sociedad vasca, aparece un nuevo contexto en el que tanto el Gobierno de Rajoy como el resto de fuerzas políticas tendrán que posicionarse.

En marzo de 2007, tras la ilegalización de la marca electoral abertzale para las elecciones municipales y forales, el dirigente del PNV Íñigo Urkullu declaraba que el independentismo de izquierdas “se enfrenta a su posible desaparición como sensibilidad ideológica y política”. Cuatro años y medio después, la coalición electoral de la izquierda abertzale, Amaiur, ha superado al PNV en número de escaños en las elecciones generales del 20-N y se ha colocado como segunda fuerza política, en apoyo electoral, de la Comunidad Autónoma Vasca (CAV). Éstos son hechos inéditos en la historia electoral del país, y poca gente podía imaginárselos tan sólo un par de años antes. El abandono de la lucha armada por parte de ETA y el resultado de las elecciones generales en Euskadi han materializado con rapidez una nueva situación política en la que todos los partidos se esfuerzan por reubicarse.

Movimientos

El Partido Socialista, con su doble voz dentro y fuera del territorio vasco respecto al conflicto nacional, sigue encontrándose en un gobierno vasco incómodo, con una imagen cada vez más provisional. Han perdido 180.000 votos respecto a las generales de 2008. Saben que dentro de poco más de un año no podrán repetir el fraude electoral –la ilegalización de la izquierda independentista- que les llevó, junto con el PP, al gobierno de la CAV. El presupuesto presentado en diciembre para el último año de gobierno coloca además al PSE en una situación difícil, pues los recortes —un 7% en ayudas sociales, en sanidad y en educación, ataque a los funcionarios y funcionarias, reducción de los recursos para el euskera…— podrían propiciar un encogimiento aún mayor de su base electoral trabajadora, y todavía más con un PSOE federal en crisis de liderazgo y bastante deteriorado tras el último mandato de Zapatero. El PP, tras su victoria en el gobierno estatal y unos resultados que no le han reportado ningún avance en Euskadi, agudiza cada vez más sus roces en el gobierno con el PSE y comienza a prepararse para su regreso a la oposición. Veremos cómo gestiona su papel mediador entre el gobierno central y la izquierda abertzale en los eventuales contactos negociadores que puedan producirse. El nuevo Gobierno central contará con una enorme presión de la sociedad vasca para consolidar la situación de ausencia de violencia, acercar ya a los y las presas políticas y abrir un proceso de negociación con ETA. Rajoy debe dar pasos, y esto sólo será posible a través de la movilización masiva de Euskal Herria —como la manifestación del 7 de enero a favor de los derechos de los y las presas políticas— y la solidaridad activa y estructurada de la izquierda en el resto del Estado. Ambas fuerzas políticas, el PSE y el PP vasco, aunque con un apoyo electoral nada despreciable, corren el riesgo permanente de quedarse al margen de la ola mayoritaria a favor de la normalización política en Euskadi. Tienen que abordarse, a medio plazo, multitud de cuestiones de primer orden, como el acercamiento de los presos políticos vascos, la libertad de sus dirigentes, la legalización completa del independentismo de izquierdas, la negociación con ETA, etc., que van a tensar las posiciones internas del PSE, entre su sector mayoritariamente moderado y “constitucionalista” y el más sensible al soberanismo, encabezado por Jesús Eguiguren. Pero el nuevo escenario pone en una situación difícil sobre todo al PNV. Tras las elecciones del 20-N y sus malos resultados frente a Amaiur, las tensiones internas han vuelto a surgir entre el sector dominante de su dirección, encabezado por Íñigo Urkullu, y el sector crítico, tradicionalmente asociado a posiciones más intransigentes y soberanistas respecto a la cuestión nacional. Tras su Asamblea General de mediados de enero, deberá ser el sector más posibilista del PNV el que gestione la previsible agudización del conflicto político nacional antes y después de las elecciones vascas. El PNV aspira a retomar el control del Gobierno vasco, pero la irrupción de una izquierda abertzale en plena reorganización y el paso a la historia de la lucha armada le colocan en una posición mucho menos hegemónica de lo que desearía el conjunto del partido.

Reagrupamiento soberanista

Los 335.000 votos obtenidos por Amaiur en las cuatro circunscripciones vascas son el reflejo de un proceso de reorganización más allá de lo electoral que ha contado con dos pilares centrales. Por un lado, el proceso de debate interno en Batasuna y su planteamiento hacia ETA, de apuesta por vías políticas contrapuestas a la lucha armada, algo que no fue fácil de realizar en condiciones de clandestinidad y frente a una organización militar con su propia dinámica interna y su propia interpretación del rol histórico desplegado por ella misma en el conflicto. Por otro lado, el segundo pilar ha sido el trabajo para generar una alternativa electoral sólida de las fuerzas soberanistas de izquierda. Tras el fracaso del proceso negociador de 2006-2008, la expulsión casi total de las instituciones y el coste interno de la represión, amplios sectores de la izquierda independentista hicieron una apuesta clara y definitiva por cambiar las coordenadas del conflicto. El Polo Soberanista empezó a configurarse, y el declive electoral de Eusko Alkartasuna (EA) ayudó a que ésta diera un viraje serio para alejarse del PNV y orientarse electoralmente hacia la izquierda abertzale. Tras la participación de Bildu como coalición (izquierda abertzale, EA, Alternativa y otras fuerzas menores) en las elecciones municipales, la incorporación de Aralar a Amaiur ha sido mucho más ardua y tardía. Aralar ha recelado de aliarse electoralmente con la izquierda abertzale que constituía Batasuna hasta poco antes de las elecciones generales. Ya sea en la coalición Nafarroa Bai o en acuerdos de gobierno en Navarra, siempre ha estado dispuesta a realizar pactos políticos transitorios con otras fuerzas antes que con la izquierda abertzale mayoritaria, consciente de que, en ausencia de violencia política, ésta es la única posición que puede eclipsar su espacio electoral y su razón para existir.

Retos

Amaiur representa, en esta primera fase tras el fin de la lucha armada, el punto álgido de la participación electoral de la izquierda soberanista, pero, al igual que Bildu en los ayuntamientos, posee contradicciones internas entre la tradición socialdemócrata y pro-institucional de EA y los posicionamientos sociales, ecologistas, sindicales y civiles más combativos de la izquierda abertzale. Además, la izquierda independentista tiene pendiente su recomposición política más allá de lo electoral; sin embargo, por un lado, tal cosa no podrá producirse hasta la superación definitiva de la Ley de Partidos y, por el otro, aún no está claro sobre qué bases programáticas debe producirse. El contexto de crisis económica y de ataque sin precedentes hacia la clase trabajadora hace urgente una clarificación de la estrategia abertzale para reconstruirse políticamente, al tiempo que contribuye a levantar una resistencia efectiva contra lo que se avecina en materia de ataques de la clase dominante. Se entra así en el debate sobre el engarce de la lucha por la autodeterminación, por un lado, con sus eventuales alianzas con los sectores de influencia del PNV y EA, y la construcción de la lucha contra los recortes y los efectos de la crisis por el otro, algo que con seguridad conducirá a enfrentamientos con estos mismos sectores. La resistencia a la austeridad trasciende la batalla por los derechos nacionales y apela a una población, la trabajadora, que está dentro y fuera de las posiciones nacionalistas. En función de qué papel se le otorgue a la cuestión de clase, la izquierda abertzale se recompondrá sobre unas bases políticas u otras, y sus potencialidades quedarán limitadas al actual espectro sociológico vasco del nacionalismo, o bien arañarán la base trabajadora de los partidos españoles en el contexto de recortes, esencialmente del PSE y Ezker Batua. El sindicalismo de base abertzale ofrece una plataforma privilegiada desde donde ubicar las coordenadas de esta orientación. Los efectos de la crisis se están haciendo sentir en Euskal Herria: el desempleo casi se ha doblado desde el inicio de la crisis en 2008, pasando de un 5,6% a un 11%, pero sigue siendo la mitad del que hay en el conjunto del Estado español. Las mejores condiciones económicas relativas respecto a empleo y protección social que existen en los territorios vascos ofrecen también una ventaja a la hora de levantar la resistencia social y laboral contra la crisis. La mayoría sindical vasca representa un modelo de intervención más sociopolítico, de base y en auge, que el sindicalismo clásico de CCOO y UGT. Esto ha quedado reflejado en las tres huelgas generales vascas de los dos últimos años. El resultado es que Euskal Herria posee una correlación de fuerzas más favorable a los trabajadores y trabajadoras que la del conjunto del Estado, y esto es algo que debería servir como base para empujar la movilización social y dotar a la izquierda independentista de una fuerza social más allá del ámbito nacionalista. Sin esta fuerza que permita generalizar en el tiempo los métodos de lucha de la clase trabajadora será muy difícil la obtención última de los derechos nacionales, la autodeterminación y el consecuente derecho a la independencia, algo que atenta contra el núcleo del aparato estatal del capitalismo español y los intereses de los mismos poderes que hoy pujan por la austeridad y los recortes sociales en toda Europa.

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