Propuestas anticapitalistas ante la crisis europea

Frente a las turbulencias que atraviesa la eurozona y el recrudecimiento de la crisis de la deuda, crisis que ya impacta sobre las políticas (regresivas) de los gobiernos, urge desarrollar una estrategia práctica alternativa. En este sentido, dos economistas anticapitalistas –Costas Lapavitsas e Ivan Gordillo– aportan aquí sus muchos conocimientos, explicando la debacle hacia la que nos están llevando las actuales políticas europeas y proponiendo rutas alternativas que, aunque puedan parecer arriesgadas, son más que necesarias.

Por una salida radical al euro

Costas Lapavitsas es un renombrado economista marxista griego que ha escrito ampliamente sobre las finanzas y la UE y desde hace tiempo defiende la demanda de que los estados abandonen la eurozona. Es profesor en la SOAS (Universidad de Londres) y colaborador del periódico británico The Guardian. Últimamente han publicado artículos sobre sus trabajos en medios como La Vanguardia y El País, lo que da cuenta de la creciente proyección de sus ideas a nivel internacional. Isaac Salinas le entrevista aquí para La Hiedra.

¿Cómo de profunda es la crisis en Europa? ¿Es solamente una crisis de la periferia?

No, ya no es solo una crisis de la periferia. Es una crisis del capitalismo europeo en su totalidad. Más ampliamente, es una continuación de la crisis financiera global que se desencadenó en 2007. No hemos salido de esta crisis, sino que hemos atravesado por diferentes fases de la misma. En Europa, ahora es claramente una crisis de toda la estructura, los mecanismos y las instituciones de la UE.

Tú has descrito al euro como una “trampa” para los países periféricos. ¿Qué quieres decir con eso?

La unión monetaria unió a países con niveles muy diferentes de desarrollo y de competitividad. Esto era problemático desde el principio. Quienes crearon el euro ya lo sabían, pero aún así lo hicieron. La eurozona amplió estas diferencias, haciendo que los países periféricos fueran aún menos competitivos en relación a los del centro. El problema principal actual en la UE no son los desajustes fiscales ni un gasto excesivo por parte de los estados periféricos –ni mucho menos ese es el caso del Estado español, uno de los más liberales de Europa. El problema es más bien que la periferia no ha sido capaz de competir y ha ido perdiendo competitividad respecto al centro. De esa manera ha ido acumulando deuda.

Ahora bien, mientras los países periféricos permanezcan dentro de la UE no serán capaces de resolver estos problemas ni de superar su posición de relativa debilidad. De hecho, la distancia respecto a los países centrales seguramente seguirá aumentando ya que no es posible devaluar la moneda. La periferia está atrapada en un sistema que impone austeridad, presiona sobre el trabajo e impide la posibilidad de devaluar la moneda. Es una trampa, y los países periféricos seguirán atrapados en un futuro inmediato.

A principios de diciembre se celebró la última cumbre de la eurozona. Se trata ya de la quinta. ¿Habrá servido para salvar al euro?

Se pueden decir varias cosas sobre esta cumbre. La primera hace referencia a la realidad política de la UE. Hemos asistido al fin de toda ilusión en que esta sea una especie de proyecto keynesiano que intente mejorar el Estado del bienestar y cree mejores condiciones de vida para la población. Al contrario, está demostrando que sus proyectos pueden ser incluso más agresivos que el capitalismo anglosajón, con el que se le solía comparar favorablemente en el pasado.

Así, queda claro que la UE es un proyecto neoliberal y conservador. Peor aún: con tal de preservar este carácter, la UE está dispuesta a sacrificar la democracia. El proceso democrático se ha visto severamente atacado durante la presente crisis, y la cumbre demostró que la democracia significa muy poco para la UE.

Eso es lo primero. Sobre si creo que la cumbre tendrá éxito: lo dudo mucho, por varios motivos. La primera y principal razón es que, como digo, el origen real del problema no es la irresponsabilidad fiscal, sino la divergencia económica y competitiva entre centro y periferia. La cumbre no propuso nada para resolver el problema. Al contrario, lo empeorará porque se continuará con las mismas políticas de austeridad que hemos sufrido hasta ahora.

En términos económicos, la cumbre abordó el tema equivocado. Las medidas adoptadas, que vienen a institucionalizar la austeridad, servirán para exacerbar los problemas porque impondrán condiciones más duras para los y las trabajadoras. Aún así, todo indica que no les resultará tan fácil. Una cosa es proponer algo hoy y otra muy diferente es implantarlo seis meses o un año después. Así que veremos en la práctica si consiguen imponer sus condiciones o no.

El último punto: Se habla de una solución a muy largo plazo, pero el problema de la UE es inmediato. En la cumbre no se habló de ninguna medida inmediata como imprimir más dinero para resolver los problemas de liquidez o resolver los problemas del mercado de bonos. Sospecho que los problemas del mercado de bonos volverán muy pronto, y cuando eso suceda la crisis será peor, porque ya nadie creerá que la UE tenga capacidad de solucionarlo.

En pocas palabras: no hay solución a la vista. Hay grandes problemas que se van a intensificar.

En Grecia ha habido en los últimos tiempos varios programas de austeridad que hasta la fecha no han servido para alejar al país del colapso económico. La crisis financiera se profundiza de nuevo y el euro está en una crisis existencial. ¿Por qué entonces se sigue insistiendo en la disciplina del mercado para superar la crisis?

Hay tres razones para ello. En primer lugar, los intereses dominantes en la UE son los de los bancos y las finanzas, que imponen la austeridad para defender los intereses de los prestamistas y asegurarse de que reciban su dinero de vuelta y que todo el coste lo asuman los países prestatarios. Eso es fundamental para la UE. La austeridad es la opción preferida de los prestamistas.

La segunda razón es que, ideológicamente, la UE es una construcción neoliberal, y el neoliberalismo es dominante en la determinación de las políticas, conduciendo a la austeridad.

El tercer y último factor es que las políticas de austeridad, a pesar de empeorar la crisis, todavía son eficaces para imponer los intereses de los países dominantes, en este caso Alemania. Este país interpreta la situación como una crisis debida a la irresponsabilidad fiscal, por lo que quiere imponer austeridad (y lo está logrando), ya que de esta forma consigue mantener un sistema en beneficio del capital alemán.

En pocas palabras: son unas políticas contradictorias, pero acordes con los intereses dominantes y la ideología imperante en la UE.

¿El Banco Central Europeo (BCE) puede rescatar a las economías de los estados europeos?

Me gustaría decir varias cosas sobre este tema. Cuando se desencadenó la crisis, vimos muchas propuestas de personas diferentes, todas sugiriendo varias alternativas para solucionar la crisis (por ejemplo, eurobonos, que el fondo de rescate, el FSEF, se convirtiera en un banco, etc.), partiendo de la base de que algunos cambios institucionales bastarían para salir de la crisis. Ninguna de estas propuestas triunfó, y la razón es, fundamentalmente, que todas ellas ignoran los intereses políticos y sociales de clase representados en la eurozona. Las diferentes economías se imaginaban que se trataba de un problema menor que se podría subsanar por medio de medidas técnicas. Pues bien, dado que las propuestas técnicas contradecían los intereses de las configuraciones de clase particulares, éstas se aseguraron de que no se llevaran a cabo.

La última línea de defensa, a la que muchos y muchas economistas se acogen cada vez más, es el BCE. A medida que todas las demás propuestas fracasan al ser rechazadas por Merkel y otros políticos, cada vez más economistas dicen que el BCE debe intervenir para hacer lo que sea necesario, y de esta forma todo se resolvería con facilidad.

Si realmente es así de fácil, ¿por qué no se ha hecho hasta ahora? ¿Cómo puede ser que economistas y periodistas de toda Europa no puedan diagnosticar el problema y proponer una solución tan fácil? ¿Acaso Merkel es estúpida? ¿El resto de políticos de Europa son cobardes? ¿Están preparadas y preparados para que la eurozona colapse cuando tienen la solución frente a sus narices? ¿Es simplemente su ideología lo que no les permite tomar ciertas medidas? No lo creo. La razón por la que el BCE no ha intervenido aún y no ha hecho lo que se espera de él es la misma razón por la que las demás propuestas fueron rechazadas: hay intereses de clase detrás del BCE que hacen que sea diferente a otros bancos centrales. Esta diferencia normalmente es ignorada por las y los economistas.

Es muy fácil comprobar las diferencias. Un banco central como el de EEUU o Gran Bretaña es el banco central de una clase dirigente unificada y tiene un único Estado detrás de él. Su facultad de intervenir proviene de un solo Estado que le apoya. De ahí procede el poder real de un banco central: es el Estado el que en último término le permite al banco intervenir libremente, imprimir dinero, etc. Obviamente es el Estado el que recauda impuestos, el que pone dinero a disposición del banco central.

No hay un Estado que esté detrás del BCE. Lo que tenemos es una serie de estados, de entre los cuales el único con poder suficiente y apoyo del BCE es el alemán. Pero el Estado alemán no es lo suficientemente poderoso como para responsabilizarse del BCE en nombre de toda la UE, y tampoco está preparado para asumir los riesgos potenciales de las pérdidas que tal acción podría comportar. Así pues, la razón por la que el BCE no está haciendo lo que se espera es por el modo en que se ha construido la UE. No es algo accidental.

¿Significa esto que el BCE no intervendrá nunca de forma seria? No, en absoluto. El BCE seguirá interviniendo como hasta ahora. Cuando apriete la crisis, intervendrá para comprar bonos, bajar las tasas de interés y pacificar por un tiempo la situación. Pero no creo que se produzca un cambio institucional que le permita ofrecer una solución masiva y decisiva a la crisis, como espera mucha gente. No está construido de esa forma. Tiene debilidades significativas que se lo impiden, y no le resultará fácil hacerlo.

¿Podría un país como Grecia no pagar su deuda y permanecer en la eurozona?

Es muy difícil prever qué ocurriría si Grecia no pagara su deuda. En Europa se asume que Grecia quebrará, aunque no hablan de quiebra sino de “reestructuración de la deuda”. Por cierto, también creo que le ocurrirá algo similar a Irlanda y Portugal en un futuro próximo, independientemente de lo que diga Merkel, porque la deuda de estos dos países es insostenible en las condiciones actuales.

Pero volvamos a Grecia. Ahora está claro que Grecia debe suspender sus pagos porque no puede sostenerlos. No obstante se trataría de un proceso complejo porque conllevaría pérdidas a quienes prestaron el dinero, es decir bancos, fondos de pensiones, organismos de la seguridad social, prestamistas oficiales, etc. El impago acordado por la UE hasta ahora es una quiebra que beneficia claramente a los bancos. Los intereses de los bancos son los que dominan y por eso el impago no ha tenido éxito hasta ahora. A los y las griegas se les prometen grandes beneficios del impago, pero se ha materializado muy poco ya que el proceso está dirigido a defender a los banqueros.

Creo que lo más probable, si Grecia permanece en la eurozona, es que haya un impago a favor de los bancos. Por lo tanto, es improbable que se pueda no pagar la deuda de Grecia y librar a su población del yugo de su pago.

Para que el impago tenga posibilidad de ser efectivo, debe ser a iniciativa de la propia Grecia. Debe ser soberano y democrático. En otras palabras: debe ser coercitivo sobre los bancos y debe involucrar a la sociedad civil y a amplias capas del movimiento de los y las trabajadoras. Pero si fuera así, sería muy difícil que Grecia permaneciera en la eurozona. Si se imponen esas condiciones y se suspende el pago de aproximadamente 250 mil millones de euros de deuda (la cantidad exacta dependerá del proceso de arrojar luz sobre la deuda), no gustaría a los prestamistas oficiales de la UE, con lo cual Grecia tendría que abandonar la eurozona.

Si la eurozona colapsara, ¿qué supondría para la ciudadanía europea?

El colapso de la eurozona se podría producir de diferentes formas. Cada una de ellas tendría sus problemas particulares. No es fácil predecir qué sucederá, porque hasta cierto punto dependerá de las decisiones concretas que se tomen en el futuro próximo.

En segundo lugar, independientemente de las conclusiones que podamos extraer del colapso y de su impacto, hay que destacar que no es responsabilidad de la gente trabajadora del Estado español, Francia, Alemania, Grecia u otros lugares. Es un chantaje el hacer aceptar a la gente recortes en las condiciones de vida (pensiones, salarios, servicios públicos, etc.) con tal de rescatar a un sistema del que no se ha beneficiado en absoluto. Deberíamos rechazar tal chantaje.

Un tercer punto a destacar es que el coste de salir del euro para países individuales dependerá de cómo estén de preparados esos países, de las medidas que se tomen, de los planes alternativos para proteger a los bancos y al sistema monetario, etc. La protección es absolutamente necesaria. Si el colapso sucede repentinamente y de forma caótica, el coste será mucho mayor. El coste dependerá también de la extensión de la movilización popular y social. Si la gente en los diferentes países se moviliza en defensa de sus intereses, se pueden minimizar los costes, incluyendo medidas que modifiquen el balance de fuerzas entre el trabajo y el capital a favor del primero. Para minimizar el coste de una salida del euro, es muy importante nacionalizar los bancos, imponer controles de capital, hacerse cargo de áreas clave de la economía y de la política monetaria domésticas, implantar medidas de redistribución y reorganización de la economía nacional a favor del trabajo con tal de proteger el empleo y los salarios. Todos estos requisitos son necesarios ante la eventualidad de un colapso de la eurozona. Por supuesto que ello tendría costes, pero estos serían sin duda muy inferiores a los costes de soportar un sistema que impone austeridad, reducción de las condiciones de vida, recortes en las provisiones sociales y graves pérdidas de democracia para la gente en Europa.

Si se fragmentara la zona euro, ¿podría llevar a un resurgimiento de los conflictos interestatales, como en los años 30?

Este discurso forma parte del terror que las élites dirigentes europeas se preocupan por extender. El euro no es más que una moneda común; no es la esencia de la identidad y la unidad de Europa. Es simplemente una alianza monetaria. Los beneficios que ha supuesto para la gente trabajadora son escasos. En cambio, los problemas que ha comportado son enormes, como vemos ahora. Y no solo eso, el euro no ha conllevado una mayor convergencia y un mayor entendimiento entre las poblaciones europeas. Al contrario: ha traído nuevas divisiones. El discurso racista de los últimos dos años procedente del centro de la eurozona sobre los griegos vagos y corruptos es increíble. Si hablaras griego, te darías cuenta de que en Grecia hablan de forma similar sobre la población alemana. No les llaman vagos, pero sí otras cosas.

Así pues, vemos que el euro y la UE no crean solidaridad entre los pueblos, sino nuevas divisiones y hostilidades. Esa es la realidad de la eurozona. Entonces, ¿qué pasará si Grecia abandona la eurozona? Pues bien, no depende de si Grecia sale o no, sino de cómo. Dependerá de cuáles sean las fuerzas que tomen el control del destino del país. La razón por la que tenemos nuevas divisiones en la UE es porque las fuerzas que la controlan son el capital financiero y el capital industrial. Esto no supone ni mucho menos la mejor base para la solidaridad.

Si abandonamos la eurozona bajo los términos dictados por la clase trabajadora, entonces tendríamos una base real para la solidaridad entre pueblos, una base genuina para la fraternidad.

En vista de todo lo que está ocurriendo, ¿podemos hablar de un neoliberalismo triunfante o, al contrario, de la agonía del paradigma actual? ¿Qué configuración del sistema se impondrá en el futuro? Y por último, ¿cuál es el papel de la clase trabajadora?

La actual crisis representa el enorme fracaso de la financiarización de la economía y, por lo tanto, de la ideología neoliberal. Esta es potencialmente la mayor crisis en la historia del capitalismo. Representa un fallo del sistema. Pero, por supuesto, este fracaso por sí solo no significa que el sistema ideológico previo desaparezca automáticamente. Alguien tiene que hacerlo desaparecer.

La debilidad de la izquierda y de sus planteamientos alternativos ha permitido que no se hunda la ideología neoliberal. ¡De hecho ha reaparecido para insistir en que es la única vía! Es increíble. A pesar de su evidente fracaso, la ideología neoliberal está teniendo la suficiente audacia para presentarse como la única forma de organizar la sociedad.

Buena parte de la responsabilidad la tiene la socialdemocracia. De hecho, ésta en Europa se ha extinguido, tras haber aceptado y asumido el neoliberalismo, para convertirse en su mayor defensor durante mucho tiempo. La socialdemocracia en Europa ya no es lo que era.

A la izquierda de la socialdemocracia, los sectores de la izquierda radical padecen de una falta de orientación clara. No tienen la confianza suficiente en que pueden cambiar el mundo. Siguen hablando de ello, pero han perdido la confianza. Necesitan recobrar esa confianza porque, como dije, esta es una crisis de proporciones enormes, que ha puesto de nuevo sobre la mesa el asunto del balance de fuerzas entre capital y trabajo, después de treinta años. Ha puesto en boga también la cuestión del socialismo. El capitalismo ha mostrado a las claras su fracaso, pero a no ser que alguien lo exponga y plantee una alternativa, seguirá siendo el paradigma. La izquierda debe tener claridad de ideas y ofrecer soluciones. Si lo hiciéramos, nos podríamos llevar grandes sorpresas en Europa.


La deuda no es nuestra. ¡No la paguemos!

Ivan Gordillo es miembro del Seminari d’Economia Crítica Taifa, un proyecto de formación económica anticapitalista que ya es un punto de referencia entre la izquierda en el Estado español. Este joven barcelonés también es activista y ha realizado charlas muy concurridas sobre la crisis de la deuda para el movimiento 15-M. Aquí analiza con datos muy relevantes lo que significa la deuda para las clases populares, enmarcando el debate dentro de las trayectorias económicas y sociales de los últimos años. Acaba defendiendo la necesidad de resistir ante los acreedores internacionales para evitar un nuevo desplome de nuestras ya precarias condiciones de vida.

La crisis parece predestinada a seguir igual: cayendo de nuevo en la recesión económica y perjudicando a las clases populares para salvar al capital. En la última de las enésimas cumbres europeas se ha seguido insistiendo en la misma línea argumental y explicativa, de donde surge el pecado original de las políticas económicas erróneas. Las medidas propuestas son parecidas a las aplicadas hasta ahora, enmarcadas en el paradigma monetarista, el llamado neoliberalismo en su vertiente política. No se abandona ninguno de los pilares básicos de esta doctrina: obsesión por el control de la inflación, fundamentalismo monetario, reducción de impuestos y liberalización del capital, desregulación del mercado laboral, reducción de los salarios y control encarnizado del déficit fiscal y de la deuda pública. Todo ello, un paquete de políticas económicas para conducir la economía y la sociedad por una vía muy restringida que se ajuste a esta teoría. La evidencia empírica de los últimos años demuestra que esta política no sólo no ha ayudado a la economía a salir de la crisis sino que está detrás de las causas de esta.

En la reunión liderada por las representantes de los Estados más poderosos de la Unión Europea (UE), el tándem bautizado como Merkozy (Merkel más Sarkozy, popularizado en las redes sociales), no se ha estudiado ningún plan que impulse el crecimiento, la creación de empleo o la reactivación económica. No se presenta nada nuevo más allá de la disciplina fiscal, la austeridad y los recortes. Estas propuestas no arreglarán el problema de la crisis del déficit y de la consecuente deuda pública que, cabe apuntar, no son ni el problema más grande ni el más grave. El problema más grave, que es el elevado paro y el aumento de la pobreza, no se solucionará destruyendo el Estado de Bienestar. Y el problema más grande, que es la crisis estructural y los desequilibrios financieros, tampoco se superará con la actual arquitectura europea pensada para favorecer al capital y, especialmente, al capital financiero.

Para entender cómo se ha llegado a tener un déficit fiscal tan elevado y un nivel de endeudamiento creciente hace falta revisar la intervención del Estado para frenar los primeros impactos de la crisis.

Intervención del Estado en la crisis, el rescate de los poderosos

Durante los primeros compases de la crisis, el Gobierno español, después de reconocer tarde y mal la magnitud de la misma, implementó una serie de medidas para intentar paliar sus efectos negativos. Las políticas económicas más importantes, erráticas y en ocasiones contradictorias, se centraron en una fuerte intervención del Estado en el rescate del sector financiero, con serios problemas por el aumento de la morosidad, especialmente las cajas de ahorros. Estas ayudas se han desarrollado a través del Fondo de Adquisición de Activos Financieros (FAAF), el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) y una serie de avales y créditos al sector bancario. El intento de contener la crisis de la construcción con el Plan E, dotado con más de 10.000 millones de euros, la subvención a la compra de automóviles con el Plan 2000E y el fondo de Economía Sostenible que ascendía a 20.000 millones más, completaban el rescate de los poderosos. Se ayudó a las entidades financieras, mucho menos a la actividad de las empresas productivas y casi nada a la creación de ocupación.

La aparición del déficit fiscal, ¿un problema únicamente de los gastos?

A estas intervenciones, altamente dispendiosas para las arcas públicas, hace falta sumar el aumento del gasto por el subsidio de paro que ha supuesto destruir casi tres millones de puestos de trabajo desde el inicio de la crisis. Este nivel de paro, 21,52% el tercer trimestre de 2011, supone un gasto anual de más de 30.000 millones de euros. Este aumento importante de los gastos contribuyó a pasar de una situación de superávit fiscal de 1,9% del PIB en 2007 a un déficit del 11,1% a finales de 2009. Ante esta situación y presionados por la UE, especialmente por la canciller Merkel y el presidente Sarkozy, las gobernantes han establecido un duro régimen de disminución del gasto público. El pasado mayo de 2010, después de sendas llamadas desde la UE y la Casa Blanca del presidente Obama al ya ex presidente Zapatero, se anunció un plan de reducción del déficit a través del recorte de 50.000 millones de euros del presupuesto en los tres próximos años. Este programa está centrado en el recorte del gasto social y el desmantelamiento del raquítico Estado de Bienestar, sumando el sector público al proceso ya iniciado con las infraestructuras y las pensiones. Este proceso lleva el sello neoliberal del ofrecimiento en bandeja de plata de esferas de gestión pública al capital privado. Cabe recordar en este punto que el déficit creciente tenía origen en el anterior rescate de los poderosos (sector financiero, inmobiliario y automovilístico).

El déficit fiscal tiene dos vertientes. Aunque se empeñen en hacer saltar las alarmas por la parte de los gastos y centrar el bombardeo mediático en su recorte, el déficit fiscal también se produce por una reducción importante y progresiva de los ingresos. Los ingresos del sector público se obtienen de la recaudación de impuestos. El sistema fiscal español es claramente regresivo e insuficiente, la presión fiscal está alrededor del 32% del PIB, muy por debajo de la media europea. Las reformas de los últimos años han ido reduciendo los impuestos de las personas con rentas superiores y del capital, y aumentando la presión fiscal de las rentas salariales y los impuestos indirectos, como en el caso del IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido). Alrededor del 40% de la recaudación del Estado proviene precisamente de este impuesto, totalmente injusto, dado que grava el consumo independientemente de los ingresos de las personas. La anterior modificación de este impuesto, ya en plena crisis, consistió en aumentarlo del 7% al 8% y del 16% al 18%, con el objetivo de obtener más ingresos públicos. Mucho tememos que este no será el último aumento, y que el actual gobierno del PP seguirá aumentándolo, mientras la promesa del anterior gobierno de subir los impuestos a los ricos quedará en una simple declaración propagandística.

Otro impuesto importante es el IRPF (Impuesto Sobre la Renta de las Personas Físicas). A finales de los años 70, la fiscalidad “que tenía que permitir la democracia” imponía un tipo de gravamen del IRPF a las rentas más altas de más del 63% (en EEUU y otros países de Europa era bastante superior). Actualmente las personas más ricas sólo pagan un 43%. La reducción de impuestos para las ahorradoras (¿quién puede ahorrar actualmente?) que ha supuesto el establecimiento de un tipo impositivo fijo del 19-21% a las rentas del capital, las múltiples modalidades de exenciones fiscales a los fondos de pensiones, a las hipotecas, a las inversiones empresariales, juntamente con las últimas eliminaciones de los impuestos de patrimonio y sucesiones, son algunas de las modificaciones que se han llevado a cabo y que han beneficiado el sector más pudiente de la población.

En lo referente al Impuesto de Sociedades (IS), las grandes empresas españolas (las que cotizan en el IBEX-35) tienen un tipo efectivo medio del 17%. Es decir, lo que acaban pagando realmente, después de encontrar todas las vías posibles de exenciones que les permite la legalidad y, a veces, la frontera de esta, como podrían ser los paraísos fiscales, es un porcentaje muy inferior al IS (30%).

Quienes pagan más impuestos en este país son las trabajadoras a través de las rentas salariales. Esto es especialmente grave para las clases populares ya que en los últimos años la participación de los salarios en la riqueza generada por el conjunto de la economía se ha reducido, beneficiando a las rentas del capital. Al mismo tiempo, un sistema fiscal centrado fuertemente en las rentas salariales explica que cuando se produce una destrucción de la ocupación como en la actual crisis, por un lado aumenta el gasto de paro y por el otro se hunden los ingresos públicos.

El endeudamiento público como mecanismo de desposesión de las clases populares

Este déficit se debe financiar de alguna manera. Las emisiones de deuda pública son el mecanismo que utilizan los Estados para encontrar el gran volumen de financiación que necesitan para los gastos que no pueden cubrir con los ingresos obtenidos de la recaudación. Los bonos del tesoro dan derecho a las financiadoras a cobrar un interés por el dinero prestado, y al final del periodo establecido se les devuelve el principal, el importe prestado. El tipo de interés, el precio al que se presta este dinero, lo determinan los llamados mercados, según sus consideraciones sobre el riesgo que asumen y la solvencia de los Estados deudores. Las presiones especulativas para aumentar la prima de riesgo y exigir intereses más altos están al orden del día, especialmente durante las colocaciones importantes de bonos como la de principios de diciembre, en la cual el Estado español pidió 3.500 millones de euros que le acabaron concediendo a un 7% de interés.

El nivel de endeudamiento del conjunto de la economía es un peso demasiado grande, alrededor del 400% del PIB, aunque la deuda pública del Estado es del 65%. Mientras las gobernantes estén dispuestas a salir al paso con recursos públicos para cubrir cualquier problema que tenga el sector financiero, la deuda pública seguirá aumentando. En un contexto donde la economía productiva no aparece –ni se la espera– y en lugar de intentar resucitarla lo que se conseguirá es hundirla a través de los planes de ajuste, parece difícil creer que la generación de riqueza, necesaria no ya para salir de la crisis sino para retornar las deudas, sea una posibilidad.

Los llamados mercados no son más que el entramado de empresas del sector financiero: bancos y cajas, gestoras de los grandes fondos de inversión y fondos de pensiones, aseguradoras, fondos soberanos, fondos de capital riesgo, etc. Empresas que centran su negocio en conseguir beneficios invirtiendo el dinero de estos grandes capitales y ahorradores del mundo, buscando rentabilidades en el negocio financiero de dejar dinero a cambio de un interés, de financiar proyectos empresariales o en el caso de la deuda pública de financiar Estados.

Al crecer la deuda pública y financiase por estas empresas, es a ellas a las que se destina una parte cada vez mayor de los ingresos públicos que, como hemos indicado, recaen sobre las rentas salariales y los impuestos que pagan las poblaciones. La partida presupuestaria referente al coste de financiación está creciendo fuertemente mientras que el gasto social sufre el recorte. La deuda pública es un mecanismo más de desposesión que utiliza el capital para redistribuir la riqueza generada por el trabajo de las clases populares hacia los ahorradores y capitales internacionales.

Esto ha resultado ser un negocio perfecto gracias a la influencia política de las financieras que han conseguido imponer, a través de organismos como el FMI, el BCE y la UE, liderada con tesón por Merkozy, las políticas de ajuste necesarias, no para salir de la crisis, ni para garantizar el pago de la deuda pública, sino para aumentar sus beneficios a cualquier precio. No importa si esto es a costa del sufrimiento de las poblaciones, de la reducción de los salarios y de las condiciones de trabajo, de la destrucción del Estado de Bienestar y la llamada clase media, de convertir el elevado paro en algo crónico que después pasarán a etiquetar como estructural, y de aumentar el número de familias en el umbral de la pobreza. El problema es que estas medidas, por su naturaleza, tampoco permitirán retornar la deuda, ni resolver ninguno de los problemas graves de la economía del Estado español.

Frente a esta coyuntura, exigir no pagar la deuda resulta uno de los ejes sobre los que plantear las luchas. Exigir que las clases populares no paguen las consecuencias de una crisis de la que no son responsables pasa por exigir que no se hagan cargo de una deuda ilegítima que ha servido para rescatar a las financieras y beneficiar al capital.

Para más información sobre el Seminari d’Economia Crítica Taifa: http://seminaritaifa.org/

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