¿Qué es la política? (II)

A continuación la segunda parte de este artículo del destacado teórico marxista Alex Callinicos1. En el anterior número de esta revista, el autor desmentía la supuesta visión sobre la política como algo aislado del resto de la sociedad. Señalaba que la separación artificial de la teoría política –para resolver cuestiones como la naturaleza de la sociedad justa y los derechos y deberes de los ciudadano– y la ciencia política -como las instituciones políticas y el poder dentro de los sistemas políticos- se contradice con el marxismo que contempla la política como una disciplina para entender los procesos sociales que generan y sostienen a las instituciones y prácticas políticas. En las siguientes líneas, Alex Callinicos profundiza en la concepción marxista de la política – en aspectos como la naturaleza y el papel de los estados, el conflicto social, etc – en contraposición a otras concepciones de la misma que contemplan la separación de la teoría y la práctica como algo lógico y natural.

La naturaleza del estado

Estos tres puntos, el conflicto, la fuerza y el poder, se centran en un cuarto, el Estado, puesto que, como lo subraya Graeme Moodie, el proceso de la toma de decisiones políticas se centra en las instituciones de poder del Estado. Además, finalmente, el Estado es una institución coercitiva, según la definición clásica de Max Weber, que depende del monopolio de la fuerza legítima en un territorio particular, y los conflictos entre los diversos grupos tienden a girar en torno al objetivo de tomar, o influir en el ejercicio del poder del Estado.

La política está, pues, inextricablemente asociada con la existencia de los Estados. Sin embargo, si el Estado se concibe como un apartado especializado de coerción, que implica la existencia de lo que Lenin llamó “organismos especiales de hombres armados”(ejércitos permanentes, fuerzas policíacas, etcétera), entonces es, como las clases, un fenómeno relativamente nuevo en la historia de las sociedades humanas. En verdad, alegan los marxistas –y existe gran cantidad de evidencia antropológica e histórica que los apoya– la formación de los Estados es parte del mismo proceso por medio del cual la sociedad se divide en clases.

“El Estado –escribió Engels en su clásico ensayo Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado – es producto de la sociedad en cierta etapa de desarrollo. Es la admisión de que la sociedad se ha enmarañado consigo misma en una contra-dicción insoluble, de que se ha separado en antagonismos irreconciliables que no puede disipar”.2 El surgimiento de la explotación de clases significa que ya no es posible, como no era en las sociedades anteriores a las clases, que todos los miembros (varones) de la sociedad tomen las armas. La conservación del dominio de clases requiere del “establecimiento de un poder público que ya no coincide con la población que se organiza como una fuerza armada… Este poder público existe en cada Estado. Consiste no sólo en hombres armados, sino también en aditamentos materiales, prisiones e instituciones de coerción de todos los tipos”.3 Las diferentes modalidades de Estado son sencillamente formas distintas del dominio de clases: “El poder político, así bien llamado, es sólo el poder organizado de una clase para oprimir a otra”.4

Tal opinión de la política no involucra la creencia ingenua y utópica de que es sólo en las sociedades de clases donde se encuentra la coerción. Existe abundante evidencia de violencia dentro y entre las sociedades “primitivas” anteriores a las clases. Cualquier sociedad puede verse en la necesidad de recurrir a la fuerza cuando los individuos no observan las decisiones que se han tomado de manera colectiva. No obstante, la “coerción” adquiere un significado distinto cuando existen aparatos especializados separados de la masa de la población y que monopolizan el empleo legítimo de la fuerza. La tesis marxista central respecto a la política, es que las sociedades estatales también lo son de clases, o más bien, que son sociedades estatales porque son sociedades de clases. Se sigue que no hay “problemas políticos” universales. Adrian Leftwich sugiere, por ejemplo, que la política existe en cualquier lugar donde los seres humanos tomen decisiones concernientes al uso y distribución de los recursos. La implicación es que la política se encuentra en todas las sociedades, y que existe en el micro nivel de las familias y comunidades, así como en el macro nivel de las instituciones del Estado. Tal opinión de la política es muy distinta de la adoptada por el marxismo.

En primer lugar, al seguir el rastro de la política hasta las decisiones que debe tomar cada sociedad acerca del uso y distribución de los recursos, Leftwich ofrece un modelo de acción social muy semejante al proporcionado por la economía neoclásica. En ésta, se trata los jueces humanos como agentes económicos racionales, guiados por el motivo de llevar hasta el máximo sus utilidades independientemente de su situación específica en cuestión. La objeción que el marxismo siempre ha hecho a este modelo es que los intereses de la gente varían de acuerdo con su posición en las relaciones sociales de la producción.

En las sociedades de clases, sus intereses serán antagónicos, porque estarán generados por una estructura de explotación de clases. El curso de acción racional que tome un individuo que se enfrenta a los eternos problemas del empleo y distribución de los recursos, dependerá de los intereses específicos de su clase. Dependerá, asimismo, del poder del individuo para satisfacer sus necesidades, y esto, de nuevo, estará condicionado a su vez, por la posición de clase que ocupa ese individuo. Cualquier estudio de los procesos de toma de decisiones de una sociedad, debe empezar con una evaluación de la estructura de las fuerzas y relaciones de producción que prevalecen en esa sociedad.

El punto de vista de Leftwich sugiere, más específicamente, que la política existe en las sociedades sin clases en un sentido análogo al modo en que existe en las sociedades estatales. El peligro de una definición tan general es que hace a la política un proceso en esencia benigno. Las decisiones que se toman en las sociedades de cazadores y recolectores y en las familias, ninguna de las cuales se caracteriza por el antagonismo de clases o por la coerción por parte del Estado, se tratan como la misma clase de actividad que la política en las sociedades de clases, en la que ambos predominan. Los hechos brutales de la desigualdad, la coerción y el poder que preocuparon a los grandes teóricos políticos desde Platón y Aristóteles hasta Hegel y Marx, son borrados del cuadro.

Además, un enfoque sobre la “micropolítica” de las familias y las comunidades puede ser igualmente engañoso. Como ya hemos visto, el marxismo insiste en colocar a la política en el contexto del conjunto social. Sin embargo, las instituciones de poder del Estado son las que constituyen el centro de la lucha política. Marx escribió acerca de la “concentración de la sociedad burguesa en la forma del Estado”.5 Más recientemente, Nicos Poulantzasha expresado el mismo pensamiento llamando al Estado la “condensación específica materializada de una relación de fuerzas entre clases”.6 En otras palabras, mientras el Estado no es autónomo de fuerzas sociales más amplias, es en sus estructuras donde maduran y se concentran, los antagonismos de la sociedad de clases. La política trata del Estado, porque la garantía final de la dominación de una clase en particular yace en su monopolio de la fuerza. Cualquier estudio de la política que separe los aparatos del poder del Estado de sus “fundamentos reales” en las capacidades productivas y las relaciones de producción sólo puede ofrecer penetraciones parciales y unilaterales, pero cualquier estudio que pase por alto estos aparatos sencillamente no la entiende.

El conflicto político

Una implicación de este argumento es que el marxismo tiene una teoría del conflicto político. La política es el proceso a través del cual las clases que tienen intereses antagónicos luchan por obtener, retener o influir sobre el poder del Estado. El marxismo no está solo siguiendo la pista de la política en esta forma hasta el conflicto social, pero difiere de otras explicaciones en dos aspectos importantes.

Primero, es común ver a la política como el mecanismo a través del cual se resuelven los conflictos de intereses, y de este modo se asegura el equilibrio social. Esta opinión se encuentra, por ejemplo, en los escritos políticos de Talcott Parsons y en el trabajo de Andrew Dunsire. El marxismo niega que la política pueda resolver los conflictos que la generan. Por el contrario, como producto del antagonismo de las clases, según palabras de Engels que ya cité, “la admisión de que la sociedad se ha enmarañado consigo misma en una contradicción insoluble”, contradicción que puede resolverse sólo por medio de la transformación de esa sociedad, esto es, mediante la revolución social.

En segundo lugar, las explicaciones de la política que ubican su origen en los conflictos sociales tienden a tratar estos conflictos como si fueran rasgos permanentes e indelebles de la vida humana. Un liderazgo político hábil –lo que Graeme Moodie llama el arte de gobernar– puede manejar, e incluso quizá superar algún conflicto en particular, pero nunca podrá eliminar el conflicto social como tal. El conflicto, la lucha entre grupos rivales, es endémico a la sociedad humana, y por esto seguirá generando a la política, sean cuales fueren las transformaciones por las que pasan las disposiciones económicas y sociales.

Una vez más, tal opinión de la vida social (cuyos mayores exponentes quizá sean Thomas Hobbes, Fredrich Nietzsche y Max Weber) está en contra del marxismo, puesto que si la política es un producto del antagonismo de clases, entonces es un fenómeno limitado por la historia, en dos aspectos. La política no sólo tiene orígenes relativamente recientes, en los últimos milenios de división de clases y formación de Estados, sino que no puede sobrevivir a la eliminación de los antagonismos de clase.

El mismo Marx alegaba que su mayor originalidad radicaba en haber establecido la sociedad de clases misma como un fenómeno transitorio. “Mi propia contribución fue,1) demostrar que la existencia de clases está sólo ligada a ciertas fases históricas en el desarrollo de la producción, 2) que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado, 3) que la dictadura misma constituye nada más que la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases”.7

La principal obra de Marx, El capital, está dedicada a demostrar que el capitalismo se distingue de otras formas de sociedad con clases en que crea tanto el material como las condiciones sociales, de una sociedad sin clases –una sociedad comunista. Hace esto aboliendo materialmente la escasez. La existencia de clases depende finalmente de la baja productividad del trabajo, que permite a una minoría vivir del trabajo del resto de la gente, pero que condena a la mayoría a llevar una vida de trabajo fatigoso. El capitalismo, cuyo carácter dinámico y revolucionario alaba Marx hasta los cielos en el Manifiesto comunista, desarrolla de tal manera las capacidades productivas que la base material de las clases ya no existe. Hoy en día, encontramos que hasta la producción de alimentos es suficiente para mantener a la población mundial en un nivel de vida adecuado. La “escasez” gracias a la cual 1.500 millones de personas en el Tercer Mundo pasan hambre, es artificial, producida por las relaciones capitalistas de producción que hacen que resulte improductivo alimentar a los pobres.

La abolición de la política

El capitalismo también crea las condiciones sociales para el comunismo. Lo hace al crear la clase trabajadora, “una clase que es cada vez mayor en número, y que está capacitada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción”.8 El capitalismo explota a los trabajadores colectivamente, reuniéndolos en grandes unidades de producción, donde están involucrados en procesos de trabajo cada vez más socializados. Como consecuencia, cuando los trabajadores se resisten a ser explotados, lo hacen de manera colectiva, creando organizaciones tales como los sindicatos, cuyo poder depende de la fuerza que los trabajadores comparten dentro de la producción. Marx creía que la lucha de clases entre el trabajo y el capital se desarrollaría de un conflicto puramente económico, de sindicatos, a la lucha política, orientada en el Estado y que culmina en su derrocamiento, y el establecimiento de instituciones del poder de los trabajadores, en las que, por vez primera, la mayoría ejercería un control político directo. No obstante, incluso esta forma de Estado, nueva y radicalmente democrática, a la que Marx llamó la dictadura del proletariado, sería un fenómeno temporal (los dictadores romanos sólo gobernaban durante seis meses). En la fase más alta del comunismo, en la que el desarrollo posterior de las capacidades productivas erradicaría al fin los antagonismos de clase, ya no existiría la base social para ninguna forma de aparato represivo especializado. El Estado –en la famosa frase de Engels– se marchita.

El marxismo es, pues, una teoría de la abolición de la política, ya que anticipa e intenta lograr una sociedad comunista en la que no existen ni las clases ni el Estado. De un modo aún más paradójico, busca la abolición de la política por medios políticos, pues la precondición de la creación de una sociedad sin clases es la conquista del poder político por parte de la clase trabajadora. Esta paradoja aparente se resuelve por el hecho de que el Estado creado por esta revolución –la dictadura del proletariado– como lo expresó Lenin, “ya no es un Estado en el verdadero sentido de la palabra”.9

El modelo de Marx para tal Estado fue la Comuna de París, en la que “organismos especiales de hombres armados”, el ejército y la policía, fueron disueltos y reemplazados por personas armadas. Se destruye el Estado en el sentido de “un poder público que ya no coincide directamente con la población que se organiza como una fuerza armada”, y es sustituido por instituciones de poder de la clase trabajadora organizadas democráticamente.

Una teoría revolucionaria

Sería una declaración demasiado modesta decir que la opinión marxista de la política es controversial, y en verdad no es una opinión ampliamente compartida por los profesionales de la disciplina de la Política. Esta opinión parece tan escandalosa, tan improbable, que incluso muchos marxistas se sienten obligados a rechazar o al menos a modificar sus proposiciones principales.

La razón más común que se da para estar en desacuerdo con la teoría marxista de la política yace en su supuesta integración de todas las formas de conflicto social y desigualdad en el antagonismo de clase. Esta objeción central está detrás de muchas de las críticas más familiares al marxismo, de las que las siguientes son algunos ejemplos. ¿Qué hay de las sociedades sin Estado, donde seguramente habían conflictos? El Estado, ¿se marchitó en el “socialismo realmente existente” de Europa oriental? ¿Pueden reducirse las desigualdades raciales y sexuales a la explotación de las clases? El Estado moderno democrático liberal (o en realidad su predecesor absolutista), ¿es sólo una institución coercitiva de las clases? Obviamente, es imposible responder aquí de una manera adecuada a la acusación de “reduccionismo de clase” que está en el centro de todas estas objeciones. Me limitaré a dos aclaraciones.

La primera es que el marxismo no está obligado a asegurar que no existirá ningún conflicto en una sociedad sin clases y sin Estado. Trotsky alegaba que, bajo el comunismo habrá lucha por la propia opinión, por el proyecto de uno, por el gusto de uno. En la medida en la que se eliminen las luchas políticas, y en una sociedad donde no hay clases ,no habrá tales luchas, las pasiones liberadas se canalizarán en técnicas, en construcción, que también incluye al arte… La gente se dividirá en “partidos” por la cuestión de un nuevo canal gigantesco, por la distribución de los oasis en el Sahara (también existirá ese problema), por la regulación del tiempo y del clima, por un nuevo teatro, por hipótesis químicas, por las tendencias rivales de la música, y por un mejor sistema en los deportes.10

Así, la afirmación no es que no habrá conflicto en una sociedad comunista, sino más bien que las luchas sociales no serán generadas por conflictos de intereses antagónicos que surjan de relaciones de explotación de clases, y consiguientemente no requerirán un aparato especializado de represión para regular su resultado. En realidad, algunos marxistas han ido más allá y alegan que, lejos de suprimir la individualidad, una sociedad comunista sería la primera en permitir verdaderamente su expresión plena. Tal sociedad ideal sería, en palabras del filósofo Theodor Adorno, “una en la que la gente podría ser distinta sin temor”.11

El segundo punto es éste. Si bien el marxismo no afirma que todo el conflicto sea producto del antagonismo de las clases, sí trata de explicar las profundas y penetrantes desigualdades que son características de la sociedad moderna en términos de su lugar en un sistema de explotación de clases. Esto incluye desigualdades tales como la opinión racial y la sexual que, en apariencias no tienen nada que ver con la clase. Muchos de los viejos reproches que se han hecho al marxismo en este aspecto, han recibido una fuerza adicional por el surgimiento en años recientes, de movimientos nacionalistas, feministas y de gente de color, que rechazan con fuerza todo “reduccionismo de clase”.

Sin embargo es precisamente la insistencia del marxismo en explicar las desigualdades sociales y las luchas políticas (incluyendo las que ocurren entre naciones-estados) en términos de los conceptos maestros de las capacidades y relaciones de producción, la que lo hace una hipótesis tan audaz y desafiante. En realidad puede parecer anti intuitivo decir que la opresión de las mujeres debe su persistencia en la actualidad al modo capitalista de producción. Con todo, es característico de cualquier teoría científica seria que vaya contra algunas instituciones de sentido común.

Una analogía histórica puede ayudar a hacer que la fuerte afirmación marxista parezca menos escandalosa. En el siglo XVII un puñado de pensadores desarrolló lo que Bernard Williams ha llamado un “concepto absoluto de la realidad”.12

Ellos afirmaban que muchas de las propiedades de un objeto físico que son sumamente importantes para la experiencia cotidiana de los seres humanos –sus usos potenciales, su ubicación, sus cualidades táctiles y visuales, etcétera– eran cuando mucho secundarias para entender su comportamiento. Para los fines de la ciencia, lo que contaba eran las propiedades que podían analizarse por medio de conceptos matemáticos. Los autores de esta opinión profundamente desagradable que expulsaron del universo físico el significado, la cualidad y el propósito fueron los fundadores de la física moderna. Tres siglos y medio han dado testimonio de la corrección de sus creencias altamente anti intuitivas.

Esta analogía en sí misma no da ninguna credibilidad a la afirmación central del marxismo, pero nos recuerda que la prueba de esta afirmación, como de cualquier hipótesis científica, está en el grado en que logre explicar y anticipar sucesos en el mundo. El marxismo es una teoría empírica y como tal debe juzgarse. Una vez expuesta la cuestión en estos términos, entonces lo que impresiona es la tradición tan formidable del análisis político que ha desarrollado el marxismo. Los escritos de Marx acerca de Francia; las discusiones de Luxemburg acerca de la Revolución rusa de 1905 y la Revolución alemana de 1918; el extenso trabajo en el que Lenin emprendió el “análisis concreto de situaciones concretas”; los análisis de Trotsky de las fuerzas impulsoras de la Revolución rusa, de las causas de su deformación posterior, y del surgimiento del fascismo alemán; y los estudios de Gramsci acerca de la manera en que se tiene el poder político y se derroca éste; dejan en la sombra a todo lo que los científicos o teóricos políticos convencionales han podido inventar.

Cambiar el mundo

Pero, por supuesto, las tradiciones sólo viven si se continúan. Deben renovarse y rehacerse continuamente con trabajo que, a la vez que construye sobre los logros del pasado, busca ir más allá de ellos. Durante una generación, primero los triunfos del estalinismo y del fascismo, y después la estabilización del capitalismo en la posguerra, aseguraron que la tradición marxista clásica se limitara a los márgenes de la vida política e intelectual. Ha sido sólo durante las últimas décadas, con el retorno de las crisis económicas y de los conflictos sociales y políticos, que el marxismo ha disfrutado de un renacimiento. El reto es desarrollar un enfoque marxista de la política que sea integral e histórico, que se dedique a estudiar tanto a las instituciones políticas como a los procesos en su especialidad histórica, y que esté dispuesto a relacionarlos con el conjunto social y las contradicciones que lo constituyen.

No obstante, el tema no puede descansar aquí. El escándalo del marxismo para la disciplina de la Política no yace en sus afirmaciones teóricas. El marxismo no es solamente un programa de investigación científica, sino un movimiento práctico cuya meta es la revolución socialista, como momento anterior a la creación de una sociedad sin clases. El marxismo pone en tela de juicio la separación de la teoría y la práctica característica de la academia burguesa. “Los filósofos sólo han interpretado el mundo de diversas formas –escribió Marx en la undécima tesis sobre Feuerbach– pero lo importante es cambiarlo”.13 El marxismo no sólo niega a la disciplina de la Política un fundamento epistemológico. Intenta abolir la política misma, erradicando los antagonismos de clase que la generan. Los más grandes estudiosos marxistas de política también fueron profesionales de la política: Marx y Engels, Lenin y Trotsky, Luxemburg y Gramsci. En tanto exista la política, no puede pasarse por alto.

Notas

1. Alex Callinicos es profesor de ciencias políticas en el King’s College de Londres y ha escrito, entre otros, Contra la tercera vía (2001) y Un Manifiesto Anticapitalista (2003). Es editor de la revista International Socialism y miembro de la dirección del Socialist Workers Party de Gran Bretaña. La primera parte de este texto se puede leer en: http://www.enlucha.org/site/?q=node/16568. El conjunto del trabajo fue publicado por primera vez como ‘Marxism and Politics’, en A. Leftwich (ed.): What is Politics? Oxford, Blackwell, 1984.
2. K. Marx y F. Engels, 1973: Selected Works (en 3 vols.). Moscú. III, pp. 326-327.
3. Ibid., p. 327. Para una discusión acerca de la evidencia arqueológica contemporánea que apoye los argumentos de Engels, véase R. Carneiro, 1970: “The Theory of the Origin of the State”en Science, 169.
4. K. Marx y F. Engels, 1975: Collected Works (en 50 vols.). Londres. VI, p. 505.
5. K. Marx, 1973: Grundrisse. Harmondsworth. p. 108.
6. N. Poulantzas, 1978: State, Power, Socialism. Londres. p. 129.
7. K. Marx y F. Engels, 1975. XXXIX, pp. 62 y 65.
8. K. Marx, 1971: Capital I. Moscú., p. 929.
9. Lenin: Collected Works, XXV, p. 468.
10. L. Trotsky, 1971: Literature and Revolution. Ann Arbor. pp. 230-231.
11. T.W. Adorno, 1974: Minima Moralia. Londres. p. 103.
12. B.A.O. Williams, 1978: Descartes. Harmondsworth.
13. K. Marx y F. Engels, 1975. V, p. 5.

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