Las salidas a la crisis y la vía anticapitalista

Albert García analiza las alternativas a la austeridad y propone varias medidas para una salida anticapitalista de la crisis, comenzando por no pagar la deuda, al tiempo que se plantea qué hacer en relación al euro.

Como antes de la crisis, los portavoces del sistema todavía opinan que el Estado español sólo se recuperará cuando los ricos recuperen el coraje para volver a invertir el capital. Toda la estrategia del gobierno gira en torno a los principios gemelos de atraer la inversión extranjera y resucitar el capital autóctono. Y bajo los auspicios de mejorar la competitividad ha impulsado exponencialmente la reestructuración neoliberal en casi toda la esfera pública.

¿Qué salida y para quién?

Tanto desde la derecha como desde la izquierda se están comenzando a ofrecer alternativas que van más allá de la versión neoliberal dominante. En la derecha hay célebres economistas que creen fervientemente en la ideología del libre mercado. Apuestan por no intervenir en el mercado y confiar en su propia autorregulación. Su salida capitalista de la crisis requiere no sólo aumentar la tasa de explotación de la clase trabajadora, sino también deshacerse del ‘exceso’ de capital con una destrucción masiva de capital para volver a empezar un nuevo ciclo de inversión y expansión. Actualmente este mecanismo no está operando, ya que los Estados están conteniendo la quiebra de las grandes compañías en problemas para evitar un agujero negro que arrastre gran parte de la economía en la caída. Sin embargo, de producirse este tipo de salida, sería muy traumática para las clases trabajadoras, con aún mayores subidas de paro. Aunque el capitalismo fuera reanimado, sería a costa de gran parte de la población, peor que con la ya criminal austeridad.

Para buscar una salida a la crisis que favorezca a la mayoría, es necesario mirar a la izquierda del espectro político. Para una parte, la solución sería impulsar una versión menos austera de la reestructuración neoliberal (ampliando los préstamos del FMI y con menos recortes en los servicios públicos, entre otras medidas) en combinación con una expansión económica al estilo keynesiano.

John Maynard Keynes fue un economista burgués que trató de establecer cómo salvar al capitalismo de sus contradicciones internas. Su tesis principal es que el capitalismo tiende constantemente a la falta de demanda y que, cuando ello se acaba manifestando, el capitalista individual reduce su producción profundizando todavía más la crisis económica. En esta situación, es el Estado quien debería encargarse de proporcionar estímulo económico. Premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz o Paul Krugman defienden que es la mejor forma de salir de la recesión.

En el Estado español, economistas anti-neoliberales como Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón combinan la idea keynesiana de favorecer la demanda con otras políticas de redistribución más progresistas, no presentes en Keynes. Según ellos, “la regeneración de la economía española sólo puede proceder de una estrategia de fortalecimiento de su mercado interno combinada con otra que modifique a medio y largo plazo su dimensión exportadora, sustituyendo su especialización tradicional por otra basada en nuevas líneas productivas que puedan ser competitivas sin recurrir al simple expediente de los recortes salariales […] todo ello podría ser posible si se forjara un gran pacto de rentas que permitiera que los salarios recuperen, en un plazo que puede estar entre los cinco y diez años, el mayor nivel de participación en la renta nacional alcanzado en la etapa democrática”1.

Aunque podría parecer una alternativa factible, desafortunadamente una salida basada en el “keynesianismo” se enfrenta a diversos obstáculos. En primer lugar, y como ya sucedió en el pasado, estas medidas “tendrían límites para conseguir realmente el objetivo del crecimiento económico, debido a la baja tasa de beneficios que bloquea la inversión privada. Aumentar la inversión pública cuando hay un paro de inversión de las empresas es como intentar empujar un coche que tiene el freno de mano puesto”. En segundo lugar, y en consecuencia, “pese a las medidas fiscales para aumentar la recaudación, si no hay crecimiento, el aumento del gasto público podría agravar el problema de la deuda y de la inestabilidad financiera”2.

En tercer lugar, las clases dirigentes europeas se mantienen unidas en torno a la idea de que las economías periféricas sólo pueden crecer gracias a la competitividad en las exportaciones. Esto significa que la clase dirigente del Estado español no tiene ningún interés en recurrir a estímulos, y cualquier estrategia que intentara presionar para anteponer la inversión estatal a los recortes se encontraría con una resistencia significativa por su parte. Los paquetes económicos de estímulo tienden a subir los precios (y los salarios) y eso es exactamente lo que las clases dirigentes están tratando de combatir. No hay ninguna señal de que el Estado español pueda mejorar la posición de la clase trabajadora dentro de una expansión keynesiana, especialmente en el contexto de la UE.

El verdadero problema con estas soluciones es que dejan prácticamente intacto el poder del capital privado y obvian que la crisis está anclada profundamente en los desequilibrios del sistema. Por todo ello, sólo si sobrepasamos los más que tangibles límites de las políticas económicas dominantes podemos construir una economía que sirva a los intereses de la mayoría. Si bien los economistas citados aciertan en la necesidad de que haya un control público de la inversión, es dudoso que pueda darse dentro de los parámetros de una economía capitalista.

Una salida para los y las trabajadoras

La mayoría de la sociedad percibe la obscenidad de entregar miles de millones de euros a especuladores y banqueros mientras se priva de recursos a la gente enferma o la juventud. Con la crisis los beneficios de los grupos empresariales más importantes apenas se han visto afectados, si no han aumentado3.

No es casual que el gobierno de Rajoy recorte servicios públicos y reduzca salarios en vez de subir el impuesto de sociedades, lo cual reduciría en gran parte el déficit. Su opción no es una cuestión meramente técnica. La economía no es una disciplina abstracta sino altamente política, que trata sobre quién controla los recursos que crea la sociedad. Y la relación es bidireccional: la política es también una concentración de la economía. En este sentido, la respuesta de las clases dirigentes a la crisis económica es una decisión de clase, que responde y favorece a sus intereses.

Por esta razón, la perspectiva de los y las trabajadoras debe ser otra. El capital no puede evitar la crisis, sólo la puede posponer hasta el próximo estallido. La única forma de salir definitivamente de la crisis es con una salida del sistema. Mientras que el capital intenta resolver sus propios problemas, la clase trabajadora debe resolver independientemente los suyos y evitar que los costes de la crisis se vuelquen sobre ella. De esta manera, la única salida de la crisis viable para la clase trabajadora es una salida anticapitalista; y a la inversa, una salida anticapitalista sólo puede venir de la mano de la clase trabajadora4.

Cancelación de la deuda y nacionalización de la banca

Tal y como Joel Sans y Elena Idoiate analizan en los dos artículos anteriores, el pago de la deuda está llevando a arruinar completamente la vida de las clases trabajadoras griegas, y en el Estado español, con algunas diferencias, se avanza en la misma dirección.

Por tanto, el primer paso para una salida anticapitalista es establecer el principio de que no vamos a pagar por su crisis económica. Por un lado significa rescindir las garantías estatales respecto a todos los bancos acreedores e inmediatamente dejar de resarcir a los tenedores de bonos ya que, teóricamente, aceptaron un riesgo a cambio de la posibilidad de sacar grandes beneficios. Por otro lado, si el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) están forzando a las economías periféricas a asumir deudas de sus sistemas bancarios privados, se debe cancelar el pago de la deuda pública.

Evidentemente, el “default” (término inglés referido al impago de la deuda nacional) tiene consecuencias directas. A partir de ese momento, el estado no puede gastar más de lo que recauda, porque nadie le presta dinero. Además, en el caso del Estado español, los principales acreedores, que son bancos y fondos de pensiones españoles, colapsarían inmediatamente.

Por este motivo, la cancelación de la deuda debe ir acompañada de un programa de transformación de la economía que empiece, en primer lugar, por nacionalizar el sistema bancario y financiero bajo control social. Sin la incitación de los beneficios, una banca nacionalizada podría centrarse en los intereses de las clases populares. Por un lado, permitiría aplicar un sistema de crédito e inversiones orientado a emplear al máximo los recursos estatales. Conseguir que el crédito vuelva a fluir es esencial, tal y como están construidas las economías actuales, para impulsar la creación de pequeñas empresas, cooperativas, etc.

Por otro lado, ofrecería soluciones inmediatas a una cuestión tan importante como el problema de la vivienda. Con la nacionalización de la banca se podrían parar los desahucios, intervenir los pisos vacíos (la banca posee en el Estado español entre 750.000 y 900.000 pisos vacíos5) y disponer de un más que necesitado parque de viviendas en alquiler social. También permitiría revaluar el precio de la vivienda a los valores reales y convertir el parque de viviendas hipotecadas en alquiler social6. En conclusión, un control democrático del sistema bancario conllevaría una influencia enorme sobre toda la economía.

Déficit fiscal y controles de capital

La cancelación de la deuda pública no solucionaría completamente el problema del déficit fiscal. En el caso del Estado español, seguiría existiendo un vacío de 50 mil millones de euros. Sin embargo, este problema se podría solucionar fácilmente si hacemos pagar la parte que les corresponde a quienes han causado la crisis. Pero lo cierto es que, a la mínima que se plantean opciones como aumentar el impuesto de sociedades u otras medidas que afecten a los grupos empresariales, se alza un coro de voces proclamando que todas las multinacionales van a huir del país.

En otras palabras, el libre movimiento de capitales no ofrece ningún beneficio a la clase trabajadora. Es por ello que un tercer punto clave en un programa anticapitalista de salida de la crisis debe ser la imposición inmediata de controles de capital (la fuga de capitales ha alcanzado una cifra récord en 2012, con 163.185 millones de euros hasta mayo7), seguido por una subida considerable de impuestos a los grandes capitales y fortunas, y la intervención de las grandes sumas de capital que las empresas no están invirtiendo en fines sociales. Respecto a estos dos últimos puntos, hace falta recalcar que los grandes negocios, debido a la antedicha “huelga de inversión”, están acumulando y atesorando grandes sumas de capital, mientras que la mayoría de la gente lo está pasando cada vez peor8.

Paralelamente, se deberían poner bajo control público todas las áreas claves de la economía, como por ejemplo el sector energético, de transportes y telecomunicaciones; así como revisar de forma radical el sistema público de sanidad y educación y las políticas ambientales. Cabría también aplicar políticas industriales y planes para crear riqueza que incluyeran la reducción de la jornada laboral y el reparto del trabajo –para acabar con el paro–, aumentar el salario mínimo, erradicar la desigualdad de género en los salarios y bajar la edad de jubilación a los 60 años. Finalmente, se debería eliminar el gasto militar y reducir otros gastos innecesarios como el AVE, etc.

¿Salir de la eurozona?

Evidentemente, aplicar un programa de transformación de la economía como el que acabamos de explicar no estaría exento de consecuencias y resistencias. Sólo la primera de estas medidas –no pagar la deuda– se enfrentaría frontalmente al BCE. Ya pudimos ver cómo, ante la posibilidad de una victoria de SYRIZA en las elecciones griegas de junio, las clases dirigentes de la UE hicieron saltar todas las alarmas.

En este sentido, el escenario que plantean las clases dirigentes europeas es un callejón sin salida: no cumplir los acuerdos comporta la expulsión, y salir del euro significa la ruina. La única vía que queda es ajustarse aún más el cinturón y seguir pagando el rescate.

Frente a ello, algunos economistas, como Costas Lapavitsas o Pedro Montes, han comenzado a plantear, especialmente en el caso de Grecia, la imperiosidad de una salida del euro. En palabras de Lapavitsas, “la UME (Unión Monetaria Europea) no es una alianza de solidaridad, paz y entendimiento internacional. Es un mecanismo diseñado principalmente para defender los intereses de la gran banca y de los grandes capitalistas en Europa, al tiempo que para promover los intereses de los países del centro, como Alemania y Francia, a expensas de los países de la periferia (Grecia, Portugal o el Estado español)”9. Así, para estos autores, cualquier alternativa para cambiar el balance de fuerzas a favor de la clase trabajadora “es imposible dentro de los límites de la unión monetaria”10.

Esta visión no es todavía mayoritaria dentro de la izquierda del Estado español, incluso en gran parte de la izquierda radical. Por ejemplo, el colectivo madrileño Observatorio Metropolitano defiende un proyecto de Unión Europea reformada, pues “sólo de una forma concertada se puede oponer una fuerza suficiente a los intereses y los privilegios de las oligarquías financieras”11.

Desde otro punto de vista, también la Comisión de Economía de Izquierda Anticapitalista muestra dudas sobre una posible salida del euro argumentando, en primer lugar, que “la deuda, tanto pública como privada, a pesar de la nueva moneda, seguiría nominada en euros. La devaluación implicaría, no sólo un profundo empobrecimiento del poder adquisitivo […], sino también un agravamiento de las condiciones de endeudamiento (el valor de la deuda se dispararía)”12. Pero esto sólo es un problema si no tenemos en cuenta que en la propuesta de Costas Lapavitsas o Pedro Montes está precisamente la cuestión de dejar de pagar la deuda.

El otro argumento de la Comisión es que una salida de cada Estado por separado pujando por la devaluación conllevaría “una espiral de rivalidades” donde no habría “medidas internacionalistas ni reactivadoras”. Efectivamente la devaluación no garantiza el futuro económico de un Estado en solitario. Sin embargo, eso no quita que se puedan implementar otras medidas que rompan con la lógica del mercado como la redistribución social, la nacionalización de la banca e industrias importantes bajo control social y la orientación de la economía hacia satisfacer las necesidades de la gente. Más importante aún, el ejemplo de un Estado que empezara un proceso de ruptura con el capitalismo tendría una enorme repercusión internacional, podría contagiarse y construir un arco de solidaridad. El aislamiento se rompería.

Más allá de todo esto, el argumento por la salida de la periferia del euro apela a una ruptura radical con los intereses de clase y jerarquías nacionales que dominan Europa. La izquierda debe intentar impulsar un programa de acción que defienda los intereses de la clase trabajadora, al margen de lo que piense la UE. Dado que esto podría conllevar que la clase dirigente europea expulse a un Estado del euro, la izquierda debe desarrollar una estrategia para que fuera en beneficio de la mayoría.

La lucha es el único camino

Seguramente los “expertos” del mainstream tildarían todas las soluciones que acabamos de ofrecer de ingenuas e imposibles de llevar a cabo. Y lo cierto es que la única forma de hacerlas posibles, de poder imponer a la clase dirigente soluciones más progresistas, es a través de un incremento significativo de la lucha de la clase trabajadora. Es necesario que la gente se organice en los barrios y centros de trabajo, luchando por cada empleo y servicio que destruyen, conectando al mismo tiempo con la lucha más amplia contra la austeridad. Así, por ejemplo, frente a la fuga de capitales, la izquierda debe urgir a los y las trabajadoras de los bancos a intervenir las cuentas de los ricos y evitar que muevan su dinero.

Estas propuestas para una salida anticapitalista de la crisis son a la vez la culminación de un proceso y el inicio de otro nuevo. La idea de un programa de transición significa partir de medidas que son lógicas a ojos de una parte significativa de la población e ir avanzando a partir de ellas. Las demandas antedichas no son todas revolucionarias. Pero conjuntamente tienen el potencial para orientar e impulsar las luchas. Son medidas que ayudan a desafiar la lógica del capitalismo e invertir el balance de fuerzas para construir una alternativa global al sistema, la única forma de acabar de una vez por todas con las crisis económicas del capitalismo.

Notas

1. Navarro, V., Torres, J., Garzón, A., 2011: Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. Madrid: Sequitur, p. 137
2. Mendoza, D., Sans, J., 2011: “¿En caída libre? Los desequilibrios globales de la economía”, en La Hiedra, nº 1, octubre. Disponible en:http://www.enlucha.org/site/?q=node/16573
3. “Durante el periodo de la crisis (2007-2010), época durante la cual el número de desempleados ha pasado de 1,8 millones en 2007 a más de 4 millones en 2010, sólo […] un 8,5 por ciento de las grandes empresas sufrieron pérdidas. Todas las demás reportaron beneficios.” en Navarro, V., Torres, J., Garzón, A.: op. cit, p. 135-136.
4. Una buena explicación de una salida anticapitalista en el caso de otro Estado periférico, Irlanda, en: O’Boyle, Brian, 2011: Capitalism in Crisis – The Socialist Solution to Market Madness. Dublín, Socialist Worker.
5. Diagonal, 14 de febrero de 2011. Disponible en: http://www.diagonalperiodico.net/Los-pisos-aun-deben-bajar-entre-un.html
6. Tal y como propone la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), ver:http://afectadosporlahipoteca.wordpress.com/manifiesto-de-la-plataforma/
7. Público, 31 de julio de 2012. http://www.publico.es/440293/la-fuga-de-capitales-alcanza-los-163-185-mi…
8. La inversión de las entidades de Capital Riesgo en el Estado español registró durante el primer semestre de 2012 una caída del 43% con respecto al primer semestre de 2011, según el informe de ASCRI, disponible en:http://www.ascri.org/upload/documentos/20120719_125714_365751667.pdf
9. Lapavitsas, Costas, 2012: “Interview: Working people have no interest in saving the euro”, en International Socialism Journal, nº 133, enero. Disponible en: http://www.isj.org.uk/index.php4?id=776&issue=133
10. Ibid.
11. Citado en Stobart, Luke, 2012: “Observatorio Metropolitano: Crisis y revolución en Europa. People of Europe rise up!”, en La Hiedra, nº 2, enero. Disponible en https://enlucha.wordpress.com/2012/02/14/observatorio-metropolitano-crisi…
12. Comisión de Economía de Izquierda Anticapitalista, 2011: “Desobedecer y Caminar: Hacia un modelo de desarrollo supranacional solidario” en Viento Sur, nº 119, p. 60-61.

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Esta entrada fue publicada en #4 Sep/Dic 2012 y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

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