Jaime Pastor: Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda

Reforzada por la crisis, la cuestión nacional está irrumpiendo con fuerza. Los resultados de las elecciones en Galiza y Euskadi (con notables ascensos de una izquierda antineoliberal independentista o favorable al derecho de autodeterminación) o las elecciones al Parlament de Catalunya (tras un masivo 11 de septiembre que refleja el giro independentista de la sociedad catalana) demuestran la vigencia de las reivindicaciones nacionales para amplias capas de la sociedad en estos territorios.

Pero como bien refleja el libro de Pastor, normalmente se habla de nacionalismos “periféricos” y se obvia al nacionalismo español. Reforzado por asuntos como los éxitos deportivos (lo que es una muestra de debilidad, de nacionalismo a la defensiva) o gracias al cuestionamiento de la política oficial (viendo en muchos casos la población la bandera, el sentimiento nacional o la pertenencia a una colectividad no vehiculizados por los partidos del sistema), también tiene su reflejo en la construcción y éxito de referentes políticos. Más allá de la fortaleza durante décadas del bipartidismo gobernante, el ascenso del populismo españolista de partidos como UPyD en todo el Estado y Ciutadans en Catalunya es un reflejo de ello.

El libro comienza a situar el origen de los nacionalismos como los entendemos hoy (con o sin estado). Aunque no existe una visión única, muchos lo sitúan en la crisis de los estados absolutistas, en hechos como las Revoluciones francesa (1789) y americana (1776) o en las invasiones napoleónicas de distintas regiones europeas. Del mismo modo existen distintas formas de analizarlos, como los puntos de vista modernista (en la línea de lo comentado anteriormente), perennalista (con recurrencia a un pasado premoderno), etnosimbolista (con peso de los factores subjetivos), etc. A la vez, y más allá de la burda simplificación de la que hacen gala la derecha y la izquierda oficial (con más de un lamentable caso de la izquierda que se reclama alternativa a la misma), es preciso distinguir entre, por ejemplo, los nacionalismos de liberación (no sólo aplicables a la opresión colonial, sino también en el denominado Primer Mundo) y los nacionalismos racistas (como es el caso del defendido por el Estado de Israel y otros) o los que son directamente ultraderechistas y xenófobos como el caso de la Liga Norte en Italia.

Por otra parte, resulta muy instructivo el análisis de Pastor sobre como distintos autores o escuelas del marxismo han tratado la cuestión nacional. Más allá de la simplificación, que en líneas posteriores desmiente el autor, al atribuir un gran grado de determinismo a pensadores como Marx o Engels en esta cuestión (es decir, que con el desarrollo de los estados nacionales, las fuerzas productivas y la clase obrera, culminando con la consecución del socialismo, se eliminarían las divisiones nacionales), hace un recorrido bastante interesante.

Desde la visión simplista de Stalin (con un recetario de qué es y qué no es “nación”, lo que deja en el camino a muchas naciones modernas como Suiza por no cumplir, por ejemplo, con una premisa del mismo como es el tener una única lengua) hasta la de Lenin apostando por la libre autodeterminación de todos los pueblos, pasando por Rosa Luxemburg, que tuvo no pocas disputas con Lenin por oponerse a la lucha nacional al no estar hegemonizada por la clase obrera. Asimismo, más allá de visiones eurocéntricas, los aportes del marxista peruano José Carlos Mariátegui sobre la construcción de un socialismo respetando las singularidades indígenas y multirraciales en Latinoamérica (el socialismo indo-americano) no dejan de desmontar mitos.

El libro continúa con los intentos de construcción nacional en el Estado español, con “España” como un proyecto nacional fallido, de origen sangriento. El estado feudal se cimenta en primer lugar en la Reconquista y la Inquisición, así como en la conquista colonial de América. Por otra parte, la monarquía borbónica, con su vocación centralista y su nulo cuestionamiento del régimen señorial (por su compromiso con el Antiguo Régimen) impiden al Estado español equiparse con los modernos estados liberales europeos.

Asimismo, el desarrollo del capitalismo español, con una industrialización y una clase burguesa con fracciones diferenciadas (lo que da la puntilla para impedir un surgimiento de una conciencia nacional española en la mayoría de la población), hace que a mediados del siglo XIX surjan los nacionalismos “periféricos” actuales, así como ya iniciado el siglo XX otros casos como el de Andalucía con el pensamiento de Blas Infante.

Por otra parte, es destacable el fracaso de sectores que rompen con la concepción de la “España” conservadora y reaccionaria a la hora de llenar las aspiraciones de los nacionalismos sin estado. Quizás el más importante sea la II República, que generó ilusiones acerca de una nueva relación entre un nacionalismo español liberal-democrático y el resto de nacionalismos. Ya en la misma constitución de la República no se reconocía el derecho de autodeterminación o federación de regiones autonómicas, ni el fin del colonialismo (los casos del norte de Marruecos y Guinea Ecuatorial), por lo que el proyecto nacía cojo desde un principio, algo que fue confirmado por el freno desde Madrid a la proclamación de la República Catalana.

Más allá de la dictadura fascista de Franco que acabó con los tímidos pasos descentralizadores de la II República y su españolismo extremo, es interesante la apreciación que hace el autor de las distintas posturas de izquierda hacia la cuestión nacional en los años previos a la Guerra Civil. Podemos empezar por el PSOE, que aunque critica el nacionalismo español más reaccionario, no respeta en su conjunto el derecho a decidir, dividido entre un sector más respetuoso con la plurinacionalidad del Estado español y otro más centralista y españolista.

El papel del PCE también es digno de mención. Aunque en un principio reconoce el derecho de autodeterminación, años más tarde y ya integrado en el Frente Popular hará gala de un gran patriotismo español durante la Guerra Civil. Otros sectores de la izquierda, como Maurín, dirigente del BOC (Bloque Obrero y Campesino) se mostrarán favorables a los movimientos de separación nacional, pasos previos para debilitar al estado burgués y que serán imprescindibles para unir a las obreras y obreros de todos los territorios del estado. Maurín pecaba de excesivo determinismo al afirmar la división territorial de la Península Ibérica en naciones “naturales”, no tan dependientes de las condiciones materiales que determinan al mismo modo la conciencia nacional de la gente. Andreu Nin, que será más tarde compañero de partido de Maurín en el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), tenía una visión más matizada.

Más adelante y llegando a la Transición, el libro describe como se da una continuidad del nacionalismo y modelo de estado del bloque dominante (con sus ideas y su praxis sobre el españolismo y el modelo de estado) gracias al pacto del sector reformista del Franquismo y la oposición (con fuerzas como el PSOE y el PCE que pasan por el aro, a diferencia de otros sectores como la Liga Comunista Revolucionaria). El resultado fue una Constitución encorsetada. Acontecimientos como las movilizaciones de masas en Andalucía entre 1977 y 1980 podían haber desbordado también en un sentido nacional la Transición pactada, pero el papel de la izquierda mayoritaria para sostener el régimen fue clave para que no pasara. Actualmente, y debido al papel del SOC-SAT de cuestionar durante más de 30 años la “españolidad” de Andalucía y la propagación por parte de los mass media de una supuesta “opresión” contra la población de origen andaluz y de otras zonas en Catalunya, recordar como las luchas de los 80 unían al mismo tiempo dar mayor bienestar con más autogobierno al pueblo andaluz y desmontar el régimen de la Transición como cerrojo a la libre determinación de los pueblos.

La clase dirigente española, a nivel político asentada también en las nuevas autonomías y con la ayuda inestimable del PNV y CiU, encorsetó más aún la capacidad del Estado español para reconocer los derechos nacionales. Más recientemente, Zapatero fracasó y decepcionó a buena parte de sus bases con su centralismo. La supuesta vía federalizante que se podía abrir con el caso del Estatut catalán fue herida de muerte por el fallo del Tribunal Constitucional.

En definitiva, el libro de Jaime Pastor es una joya desde un punto de vista teórico y formativo. No obstante, aunque iba más allá del propósito del libro, hubiera sido interesante una atención mayor a las luchas desde las naciones no reconocidas y el peso de éstas en la consecución de sus reivindicaciones nacionales. Estas experiencias hubieran completado esta excelente guía teórica para la acción.

Santi Amador

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