La política en el deporte: un campo de contradicciones

Nos dicen que la política no debería mezclarse con el deporte. En este artículo Enric Rodrigo lo hace deliveradamente para argumentar que sucede más a menudo de lo que pensamos.

¡Por fin se acabó el verano y empezó la Liga! Hasta el final de la presente temporada ya no habrá más lunes sin conversaciones sobre los resultados de la última jornada. Los telediarios volverán a ofrecer los mejores goles y surgirán discusiones acaloradas sobre las jugadas más polémicas. Algunas personas nos ilusionaremos con la Liga, la Copa y la Champions. Otras con permanecer en la primera división o ganar al eterno rival. ¿Cuál será el equipo revelación? ¿Funcionarán los nuevos fichajes? Son muchas las preguntas y pocas las certezas. Pero una cosa parece cierta: cuando acabe la temporada empezará el Mundial de Fútbol en Brasil y con él disfrutaremos de más partidos… ¿y más protestas?

Las masivas manifestaciones contra las políticas neoliberales del gobierno de Dilma Rousseff durante la celebración de la Copa Confederaciones ponen sobre la mesa debates sobre la relación entre deporte y política. Bajo el lema de “Menos dinero para estadios, más para sanidad y educación”, una gran manifestación fuera del estadio de Maracaná recordaba al mundo que bajo la austeridad no hay dinero para servicios públicos, pero sí para la FIFA y la industria deportiva. Rápidamente hubo quien trató de aislar la política del deporte. Sepp Blatter, máximo dirigente de la FIFA, declaraba que “puedo entender que la gente no esté contenta, pero no deberían usar el fútbol para difundir sus demandas”. Pelé, para algunos el mejor jugador de todos los tiempos, aconsejó a sus compatriotas dejar las protestas y animar a la selección nacional.

No mezclar política con deporte es un argumento que hemos oído en muchas ocasiones, siempre de forma interesada. Sin embargo, hay maneras mucho más sutiles de mezclar deporte y política: los grandes eventos.

Recientemente dos estudios sobre los Juegos Olímpicos de Londres 2012 han señalado, primero, que las Olimpiadas inyectaron más de 10 mil millones de libras en las grandes empresas; y segundo, que los organizadores fueron incapaces de crear los 70.000 puestos de empleo estable prometidos. Un año después, un escaso 25% de quienes encontraron empleo directa o indirectamente en relación con los JJOO siguen en el mismo puesto de trabajo, apenas 20.000 personas.

En el centro de las políticas neoliberales está la transferencia de dinero público a manos privadas y los grandes eventos deportivos son un caballo de Troya neoliberal. Las administraciones públicas gastan desorbitadas cantidades de dinero público en gigantes instalaciones para que las empresas privadas saquen rendimiento económico durante unas pocas semanas. Después, las deudas contraídas son pagadas durante generaciones, de nuevo con dinero público, a costa de una menor financiación para escuelas, hospitales e incluso para cosas tan simples como canchas deportivas en los barrios.

Tras la Copa Confederaciones 2013, Brasil acogerá el próximo verano el Mundial de Fútbol y Río de Janeiro será la sede de los JJOO en 2016. Es imposible saber si las protestas resurgirán, pero es indudable que tales eventos al servicio del capital resultan más obscenos en la era de la austeridad. Es evidente que quienes afirman que no hay que mezclar política y deporte lo dicen porque se sienten muy cómodos con la actual política hegemónica, la misma que domina también hoy en el deporte: el neoliberalismo.

Capitalismo, sexismo y deporte

Parte de la militancia de izquierdas argumenta que el deporte es una distracción de la lucha de clases, una herramienta de la clase dirigente para alienar a la clase trabajadora desviando su atención sobre clubes, competiciones y grandes eventos. Alguna gente incluso cree que el deporte es el nuevo opio del pueblo. ¿Sería mejor sentirse de clase obrera y festejar la victoria de una plantilla en huelga? Por supuesto, no hay ninguna duda. Aunque una y otra cosa no son incompatibles. El deporte competitivo es un hecho cultural de las sociedades modernas y como tal no podemos ni despreciarlo ni olvidar sus contradicciones. No es un debate de blanco o negro, tiene muchos más matices.

Es cierto que el capitalismo ha moldeado el deporte durante el último siglo y medio como nunca antes había sucedido. Basta con señalar que los clubes deportivos y los atletas más exitosos –abrumadoramente pertenecientes a categorías masculinas– tienen una imagen y proyección globales. El Manchester United, por ejemplo, nació como un equipo de trabajadores ferroviarios de Newton Heath en 1878 y hoy en día reclama tener 300 millones de fans, dos terceras partes en Asia.

La globalización del deporte, y en particular del fútbol como el más popular de todos, ha traído consigo la mercantilización absoluta del espectáculo deportivo. Los horarios de las competiciones vienen marcados cada vez más por el beneficio económico que generan las audiencias televisivas. Los clubes más exitosos ya no se sustentan por sus aficiones, sino por millonarios contratos de publicidad, esponsorización y merchandising.

Al mismo tiempo, el deporte se ha modelado conforme a las opresiones existentes bajo el capitalismo. Merece una mención especial el sexismo. En el deporte profesional las mujeres, como deportistas, están invisibilizadas. En la mayoría de los casos, las posibilidades de una mujer para desarrollar una carrera profesional en el deporte son casi nulas en comparación con un deportista masculino y, en caso de conseguirlo, la desigualdad salarial resulta escandalosamente desfavorable. Entre los 100 deportistas mejor pagados del planeta en el último año solo hay tres mujeres, todas ellas tenistas. Alguien podría pensar que el tenis es un deporte menos sexista, pero esperen…

El mejor ejemplo de la invisibilización ha sucedido este verano en el torneo de Wimbledon. Tras la victoria del escocés Andy Murray en la final masculina, la prensa señaló que por fin terminaban 77 años sin ganadores británicos en Wimbledon desde Fred Perry en 1936. Olvidaron que entre 1936 y 2013 cuatro mujeres británicas habían ganado el torneo, ¡cuatro! Cuatro exitosas mujeres tenistas olvidadas por la prensa presuntamente especializada. Tras el escándalo, los medios rectificaron añadiendo una coletilla: el primer británico en ganar Wimbledon “en pantalones cortos”.

El sexismo en el deporte se expresa en muchos otros ámbitos que darían para escribir docenas de artículos para esta revista. Empezando por la distinta reglamentación de un mismo deporte según lo practiquen hombres o mujeres, los distintos equipamientos reglamentarios –más cortos, ceñidos e incómodos para las mujeres–, la exclusión de competiciones olímpicas femeninas en algunos deportes o como la misma prensa deportiva sexualiza a las mujeres anteponiendo el aspecto físico a su actividad deportiva.

El deporte moderno por lo tanto se concreta en el marco de un sistema social reproduciendo sus características. Para quien quiera verlo, no es difícil encontrar el lado más turbio y retrógrado del deporte competitivo profesional. Alguna gente solo verá esa parte creyendo así que es una distracción de la lucha de clases. Pero afortunadamente el deporte es más que una simple correa de transmisión de valores del capitalismo.

Contradicciones y conflictos

El deporte, como tal, puede reproducir lo peor del sistema económico en el que vivimos pero no es impermeable a las contradicciones y conflictos del mundo moderno. Tanto jugadores como aficiones suelen expresar en los terrenos de juego las ideas dominantes en la sociedad: racismo, sexismo, homofobia, etc, pero a menudo también expresan ideas y toman decisiones que rompen con esa imagen del deporte como algo banal y sin sentido.

En EEUU, las primeras respuestas que cruzaron los límites de la izquierda tras conocerse el veredicto que absolvía a George Zimmerman del asesinato de Treyvon Martin vinieron de importantes jugadores negros de la NBA y la NFL. Zimmerman había declarado en su defensa que tuvo miedo al ver que el joven Treyvon era negro y llevaba una capucha puesta, sin más motivos le disparó. Muchos deportistas de élite denunciaron la absolución como un acto evidente de racismo institucional. Al fin y al cabo, ser jóvenes y ricos no les exime de ser negros y vivir en una sociedad donde el racismo es la norma.

Los y las propias deportistas tampoco escapan al racismo en su profesión. Lamentablemente, las actitudes racistas en las gradas de los campos de fútbol para atacar a jugadores rivales están normalizadas. Kevin Boateng, jugador ghanés del AC Milan lo ha denunciado constantemente y ha sido el primer jugador en lograr que un partido se suspendiera por los cánticos racistas de las gradas. Cuando Boateng decidió abandonar el terreno de juego, todo el equipo del Milan hizo lo mismo en una importante muestra de solidaridad. Preguntado sobre el incidente, el seleccionador italiano Cesar Prandelli declaró: “El Milan y Allegri –su entrenador– estuvieron fantásticos. Esto representa el primer paso” para erradicar el racismo del fútbol. El debate que se abrió en Italia no giró solamente en torno al fútbol, sino a la necesidad de hacer frente a las actitudes racistas en la sociedad.

Para disfrutar de un deporte sin discriminaciones de ningún tipo es necesaria una transformación radical de la sociedad que acabe con las opresiones. Así lo entendieron John Carlos y Tommie Smith cuando mostraron su apoyo al Black Power alzando sus puños en las Olimpiadas de México de 1968 cuando empezaron a sonar los acordes del himno estadounidense tras recibir sus medallas olímpicas.

Éstos son solamente algunos ejemplos de como el deporte puede tener una trascendencia política más allá de la esfera deportiva y romper con las ideas dominantes. Muestran que ni el deporte ni los y las deportistas están al margen de los conflictos y tensiones sociales del capitalismo.

Las aficiones viven aún más de cerca todos esos conflictos.

En ocasiones, lo que sucede en un estadio puede dar una muestra de la temperatura política de la sociedad. La afición del Estudiantes de baloncesto gritando al unísono “sanidad pública, sanidad pública” muestra el amplio descontento contra los recortes en los servicios públicos y el apoyo a la denominada marea blanca.

Durante los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, George Osborne, ministro del Tesoro inglés, fue sonoramente abucheado. La afición no dudó en identificar a Osborne como el máximo representante de las políticas de recortes y austeridad que pocos meses antes habían atacado los subsidios por minusvalías y las ayudas a la dependencia en Gran Bretaña.

Esta situación se vive también fuera de los estadios y no son pocas las aficiones que participan en movimientos sociales y revueltas políticas. En Egipto, por ejemplo, los ultras del fútbol se unieron a las revueltas de la primavera árabe desde el inicio. Tras la caída de Mubarak, la junta militar que gobernó hasta las elecciones presidenciales orquestó una masacre contra los hinchas del Al-Ahly en febrero de 2012 que dejó 75 muertos y más de 1.000 heridos. El crimen de Port Said no solo fue un ataque a los ultras, sino al conjunto de las fuerzas revolucionarias que habían derrocado a Mubarak un año antes. Desde el centro de la revolución, la organización Socialistas Revolucionarios/as de Egipto lanzaba un comunicado donde aseguraba que: “Los ultras aparecieron en Egipto como una reacción a la dominación de la política de los beneficios y la avaricia del capitalismo sobre el fútbol, convirtiéndolo en un gran negocio con la publicidad, el aumento de precios de los billetes y el monopolio de la radiodifusión de los partidos, así como la brutalidad de las fuerzas de seguridad. […] No es ninguna sorpresa que los grupos ultras encontraran su lugar en el corazón de la revolución egipcia en busca de la libertad y la justicia”.

Lo que sucede alrededor del mundo deportivo, dentro y fuera de los estadios, desde escándalos de sexismo como el de Wimbledon hasta las reacciones antirracistas de los y las deportistas, tiene un alcance muy amplio y abre debates sobre el tipo de sociedad en el que vivimos.

Durante la Copa Confederaciones en Brasil, los movimientos sociales desarmaron la lógica de la austeridad y el neoliberalismo denunciando la falta de recursos para servicios públicos frente al enorme gasto en instalaciones deportivas para el Mundial y los JJOO. En el momento de escribir este artículo aún no se sabe si la candidatura olímpica de Madrid 2020 ha sido elegida, pero son evidentes los objetivos no deportivos que hay detrás: socializar deudas, privatizar beneficios.

Deporte y política, política y deporte… todo un campo de contradicciones.

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Esta entrada fue publicada en #7 Sep/Dic 2013 y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

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